ENTONCES… por Begoña Zabala Aguirre

Texto:  Begoña Zabala Aguirre

El balcon de los Piratas

                                                                             El balcón de los Piratas

Ayer, después de un largo viaje llegué particularmente cansada a la cama, a la cama de mis quince años. A la casa familiar en Mundaka. Por primera vez en la vida sin que ninguno de los dos padre y madre estuvieran . Me llené de lágrimas nunca lloradas quizá atropelladas y me asomé una vez más a la ventana de las ausencias para ver dónde terminaba el cielo y dónde empieza la  mar.

Quisiera que el tiempo transcurrido  sujetasen las riendas de emociones y huellas.

Creí haber forjado el alma de manera que ni la más certera estocada pudiese causar la herida.

Pensaba estar curtida por haber recorrido ya mucho trecho del camino, de vuelta de algunos sobresaltos.  Por haber comprobado que volver es un ejercicio recurrente, un viaje  agridulce.

Un círculo que debe cerrarse para esta caminante, aún cuando nada pase que no haya pasado ya.

Volver  al lecho de mis quince años y sólo dormir es lo que ansío, profundamente dormir. Pero anoche fue un sueño muy ligero poco reparador. 
Por la ventana de par en par abierta el murmullo de la mar  al alcance de la mano inunda el espacio de nombres y recuerdos.

He vuelto a mi casa de Mundaka con la coraza puesta, como siempre, cuando se han acumulado demasiados adioses a destiempo. Esa agobiante sensación de confundir lo pasado y lo soñado.
 Las horas perdidas que no se pueden reeditar.

Otras que nos faltaron en el pasado remoto y aquellas que sobraron siempre.

Las emboscadas.

Presencia notable de los que se han ido.

El silencio cómplice de las piedras de la casa, austero, inquebrantable. Piedras que sin sus dueños quisieran partirse por la mitad, pulverizarse, volver al corazón de la tierra y  seguir cobijando sueños o tal vez lo absurdo de la existencia.

Ahora que estoy aquí otra vez, parece mentira,  después del largo largo caminar.

Pero sé que esta niebla y estas olas han sido mi sustento y  mi sustancia a través del tiempo. Estoy escribiendo chapoteando en la memoria, mirando la mar  turbulenta, imprevisible.

Todo está fuera de foco en mis recuerdos. La mesa, los sofás, la chimenea, los libros en la biblioteca, el piano. Mi piano. El taburete. Faltan los dedos, la música. La última vez que vibró fue velando las cenizas de mi padre,  Sonata 14 de Beethoven, para él, de Mirentxu.

Eso era entonces.

Ahora el teclado está en silencio.

Los cortinones han perdido la cuenta de vientos y tempestades y sobran más que nunca en este barco-caserío.

De su antigua magnífica belleza queda no mucho. Las anchas maderas de Guinea que adornan suelos y terrazas. Los muebles, cuadros, colchones de lana, alfombras, están empapados del salitre de las olas; enmohecidos de una enfermedad incurable.  Y los cientos de cristales de la lámpara del comedor ya no reflejan la luz. Hasta pareciera que las piedras del viejo caserón se estremecen de soledad como si un temblor las sacudiera. Y allí donde la mirada se posa parpadea para enfocar.

Esta tarde  he ido a Gernika y me he sentado en un banco de la Plaza del Mercado como tantas veces antes.  A lo lejos un acordeón y un viejo vals, Sobre las olas. 

El silencio al final de la música se mezclaba con el relente del anochecer y mi pertenencia a las raíz insurrecta de un roble, de las hayas de mi cuna.

De camino a Mundaka ha empezado el sirimiri y todo está envuelto en bruma.

Como prefiero.

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Publicado por Begoña Zabala Aguirre en lunes, febrero 13, 2017

 

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