NELSON VILLAGRA GARRIDO: MI DEBUT COMO ACTOR

TEXTO : NELSON VILLAGRA GARRIDO

MI DEBUT COMO ACTOR

 -“¡Devuélveme las botas, Man Chu Mai!”-, se escuchó fuerte una voz de tenor proveniente de la galería del Teatro Central de Chillán cuando yo entré a escena como actor debutante. Lógicamente el grito llegó nítido al escenario y a los espectadores en la sala.

 

Joe, el Arponero, era mi personaje en la obra “Aceite” de Eugenio O’Neill. Dirigía Ciro Vargas Mellado, además de actuar él mismo en el rol protagónico. Era ésta la producción teatral fundadora del Teatro Experimental de Chillán en 1950. Y con ella comenzaba mi adolescencia y mi vida artística.

 

Recuerdo perfectamente aquel grito. Por supuesto, el público de platea hizo callar al impertinente joven de 23 años, que no era otro que Yeyo Barra (su nombre era Eddie Polo, vaya nombrecito), vecino que vivía enfrente de casa, quien junto a otros tres amigos asistían a mi debut teatral. Y era cierto, Yeyo era el propietario de las botas de media caña que me había prestado para la ocasión. Y aquello de Man Chu Mai se debía a mi costumbre de parlotear una jerigonza pretendidamente asiática cada vez que iniciábamos nuestras prácticas deportivas en una barra horizontal instalada en el patio de mi casa.

 

Yo tenía 13 años de edad – aunque físicamente tenía aspecto de 17, y en escena tal vez, maquillado, lograba representar esos años, quizás 18. Antes de cumplir 14 años yo ya usaba bigote y me afeitaba la barba, excesivamente velluda para mi edad. No era un monstruo, pero la afeitada a los 14 años se hizo imprescindible. Mis amigos mencionados fluctuaban entre los 22 y 26 años…

 

Pese a todo, mi debut teatral de aquella noche permanece en mi memoria como una emoción inolvidable. Volveré más adelante sobre esa primera experiencia.

MI VOCACIÓN SE DEVELÓ TEMPRANO

 

En fin, en 1950, cuando debuté como actor en la sala del Cine Central, yo era estudiante del primer año del Instituto Comercial de Chillán, sin ninguna vocación ni para el comercio ni para las matemáticas. En realidad mi ingreso a dicho instituto obedecía a una interesada y mala idea de mi madre.

 

El Instituto ocupaba un viejo edificio, quizá de los años 1920-30 – el terremoto había respetado su frontis -, al que en su parte posterior se le había agregado una edificación de madera compuesta por un corredor (portal) en forma de “L” al cual desembocaban salas hacia el fondo, hasta terminar en un pequeño gimnasio. El edificio estaba situado en calle 5 de abril, muy cerca de la Plaza San Francisco y de la Cárcel de Chillán, con su calle todavía de adoquines.

 

Antes de mi debut teatral, un compañero de curso en dicho Instituto, de apellido Torres, pasó a buscarme a casa invitándome para presentarnos a un examen o audición de prueba en el área de Teatro de la Escuela vespertina de Cultura Artística de Chillán. El incentivo para “audicionar” consistía en que el Departamento de Teatro de dicha Escuela mantenía un programa radial infantil en Radio La Discusión de Chillán.

 

Torres (hijo también de ferroviario) era un muchacho moreno de pelo rizado – de acuerdo a sus rasgos, algún negrito debe haber andado en su pasado genético -, delgado, un poco más alto que yo, muy fumador, simpático y de gestos espasmódicos: era el único varón de la familia entre numerosas hermanas.

 

Pero bien. Mi “curriculum vitae” de aquella época consistía en que en la escuela primaria siempre había sido elegido como lector oficial del curso. Vocalizaba bien, al decir de mi profesor, y sobre todo “sabía leer con sentimiento” (sic).

 

Así es que como había la posibilidad de trabajar en la radio, imagínense, acompañé a mi amigo a la Escuela de Cultura Artística que estaba a una cuadra de mi casa. Trabajar en la radio en aquellos años – aunque como amateur – nos entusiasmaba a los muchachos, tanto como a la juventud de hoy le subyuga filmarse un selfie o intercambiar imágenes en Instagram.

 

Don Carlos Cortés era  quien dirigía el área de Teatro en aquella escuela vespertina, y ante él y un par de sus alumnos aventajados, Torres y yo rendimos el examen:

 

“Daría salario diario

Mi Darío diera al diorio

Si  lección diera a Darío

Diariamente diera dorio”.

 

Ese trabalenguas que nunca olvidaré, había que leerlo rápidamente tres veces seguidas. Luego nos dieron a leer un par de páginas de alguna adaptación radial de un cuento infantil. Nos repartieron los personajes a mí y a Torres y ambos leímos lo mejor que pudimos, “con sentimiento”.

 

Resumiendo, desgraciadamente mi amigo Torres fue reprobado y yo quedé inscrito de inmediato en el “elenco de actores” que trabajaban en el programa semanal infantil en Radio La Discusión: adaptaciones de los hermanos Green, alguna leyenda chilena, algún pasaje de la historia patria, etc.

 

Y desde ese programa infantil…, pero esa es otra parte de la historia…

 

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