¡AY, POBRES MADRES! por NELSON VILLAGRA GARRIDO

Texto:  Nelson Villagra Garrido

-“¡Pobres madres que no saben si sus hijos volverán de la guerra! ¡Mueren civiles y soldados! ¡La gente se queda sin casa! ¡El corazón se oscurece en medio de la pólvora!”.

En 1941, estábamos en plena Segunda Guerra Mundial. Yo tenía entre 3 a 4 años de edad. Y en el fondo del patio, montado sobre una higuera gritaba mis discursos antibélicos. Como la higuera limitaba con la Estación de Ferrocarriles, tenía un público asegurado entre quienes acostumbraban pasear por la Estación a la espera del tren de la tarde que venía de la Capital.

-“¡De piedra tienen el corazón los soldados que matan en los campos de batalla! ¡Nadie escucha el llanto de las madres que ven las trincheras llenas con los cadáveres de sus hijos! ¡Ay, pobres madres!”

En esos años, supongo que en mi casa la guerra sería tema recurrente. El diario, las revistas, las radioemisoras también se referirían al curso de los sucesos bélicos diariamente. Por otra parte, mi padre, era aficionado en sus momentos de ocio a escuchar la radio de onda corta, quiero decir radios de la Capital que se escuchaban intermitentemente detallando los sucesos de la guerra. Además entre las amistades y parientes de mis padres, había varios militantes de partidos políticos: socialistas, radicales, democráticos y algún comunista, todas visitas regulares que normalmente comentaban y discutían sobre los hechos del momento.

Puedo afirmar que yo tendría entre 3 y 4 años porque aún no asistía a la escuela. En esos años se ingresaba a los 6 años de edad. Mis discursos eran frases repetidas, escuchadas indudablemente de mis mayores. Pero al parecer yo sabía ponerles el “sentimiento” adecuado, según me cuenta mi hermana mayor, mujer hoy cercana a los 90 años. Eran discursos dramáticos, tremebundos. Y claro, las personas paseantes en la Estación, solían detenerse para descubrir a ese pacifista de pantalones cortos (más precisamente, “mamelucos”) que desde detrás de las hojas de la higuera parecía sufrir los acontecimientos de la guerra. De modo que tenía mi público asegurado todos los días al atardecer.

Por supuesto, de vez en cuando yo me enteraba a través de mis padres o empleadas de la casa, de los “elogiosos comentarios y admiración” que solían dedicarme los paseantes de la Estación. Asunto que imagino habrá estimulado mi ego infantil para esmerarme en mi campaña por la paz.

Así es que considero seriamente que esas fueron mis primeras experiencias como actor: estaba plenamente consciente que lo que yo decía, mejor aún, lo que yo sentía sobre el escenario de la higuera, estaba destinado a un grupo de espectadores y en un horario preestablecido.

-“¡Ay, pobres madres!…”

de Nelson Villagra Garrido 

 

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