MIS COMIENZOS ARTÍSTICOS de Nelson Villagra Garrido 

Texto  de de Nelson Villagra Garrido 

” Retirarse a tiempo Es tan válido como Saber llegar “

lunes, 4 de diciembre de 2017

Detallando mi infancia y pubertad, he vuelto a sentir que fueron etapas muy importantes en mi formación. Y junto con algunos hechos de mi adolescencia y la experiencia cultural y artística que viviría en el Teatro Experimental de Chillán y Radiodifusión Cultural, terminaron creando para bien o para mal mi estructura básica como persona.

En fin. Me despedí de don Carlos Cortés, mi profesor de Teatro en la Escuela de Cultura Artística, y por tanto abandoné los programas infantiles para trabajar con y para gente adulta. Uno de mis compañeros me recomendó ante Ciro Vargas, director del Programa cultural que se transmitía en la misma emisora, Radio La Discusión, los domingos en la noche: adaptación de grandes novelas, leyendas chilenas y universales, noticias culturales, música selecta, etc. Ellos habían formado una agrupación llamada “Radiodifusión Cultural de Chillán”. Y coincidió que Ciro y sus compañeros estaban en proceso de fundar el Teatro Experimental de Chillán, y a pesar de mis 13 años, Ciro Vargas me invitó a unirme en ese empeño.

El director general del grupo tanto radial como teatral, era Enrique Gajardo Velásquez, a pesar que él trabajaba en el Teatro Experimental de la U. de Chile (TEUCH), en la capital. Además de estar a cargo de Comunicaciones y Publicaciones del TEUCH, Enrique era profesor de teatro y fundador de la Esc. de Teatro vespertina en dicha Universidad. Y aprovechando sus períodos de vacaciones asesoraba nuestras actividades artísticas. Enrique por ejemplo nos asesoraba los últimos meses en la dirección de la obra que sería nuestra puesta en escena fundadora.

Para llegar a nuestro debut como grupo teatral ensayamos unos 8 meses la obra “Aceite” de O’Neill. Mi personaje, “Joe, el Arponero”. Era breve, aunque con una escena destacada. Ensayábamos la obra todas las noches, de lunes a viernes a las 22 horas en la sala de la Biblioteca Municipal, que en esos años estaba allí mismo en la planta baja del edificio de la Municipalidad de Chillán, y que ésta nos cedía graciosamente. Y el fin de semana lo dedicábamos a las labores de la radio, preparando los programas que transmitíamos todos los domingos a las 21,30 hasta cerrar la programación de Radio La Discusión, alrededor de las 24 horas.

Aquel año de 1950, pasaban los meses, y los ensayos de teatro continuaban noche a noche. Me aburrí. Francamente, me aburrí, y en una de las ocasiones en que nos visitó Enrique, le dije sinceramente que no continuaría en el teatro, que prefería el programa radial. Enrique (don Enrique, le decía en aquel tiempo), me contestó simplemente: “Espera hasta el estreno y después decides. Mientras tanto, ayuda en tus ratos libres a Guillermo Cartagena”, compañero nuestro, arquitecto, quien se hizo cargo de la escenografía. Y así lo hice. Quizás coincidió algún periodo de mis vacaciones del colegio porque recuerdo que ayudé días enteros a Guillermo. Este compañero, quizás 40 años, era alto, moreno de piel y con espesa barba, aunque afeitada. Su aspecto recordaba a Víctor Mature, un actor del cine norteamericano de aquellos tiempos. Guillermo, tenía una voz de bajo muy bien timbrada, la mejor voz del grupo. Sin embargo, al mismo tiempo, era el más débil como actor.

En fin, Guillermo consiguió que el Convento de San Francisco le cediera un rincón de los patios interiores para armar su taller de escenografía. Allí colaboré con él cortando maderas, cartones, pintando, hasta que Guillermo Cartagena logró figurar el interior del camarote del capitán de un barco ballenero. Para mí resultaba interesante sentirme al interior de un convento. Mi imaginación le otorgaba a aquel lugar un halo de misterio y trascendencia…

Guillermo, aplicando sus conocimientos de arquitecto, construyó aquella escenografía con tal solidez, que creo que podría haber afrontado una tempestad en alta mar. Cada muro pesaba una enormidad. Menos mal que no estaba prevista ninguna gira con aquella obra teatral, nos habría costado más el transporte que los pasajes de todo el elenco. En fin. Aquella experiencia de cortar cartones y maderas y ser testigo de la transformación me gustó muchísimo.

 ¡Y LA LUZ FUE HECHA!

Sin embargo me esperaba una emoción mucho más palpitante cuando, dirigidos por Guillermo, varios varones del grupo comenzamos a armar la escenografía en el propio escenario del Teatro Central. Subir hasta la parrilla, tirar cordeles (tiros), ajustar los paneles del interior del camarote, volver a subir a la alta parrilla, subir las varas de luces, etc.; y finalmente, ver cómo se provoca el milagro de la luz, de la iluminación de la escenografía, me resultó fascinante. Ese fenómeno de transformación estética, de valoración del espacio, la luminotecnia otorgándole un nuevo valor a los volúmenes…, me fascinó y me fascina hasta el día de hoy cada vez que he realizado o simplemente he observado el armado de una escenografía.

También hasta hoy me emociona ver un escenario desde lo alto de la parrilla. Ese mundo de penumbras, llena de tiros y roldanas, me resulta particularmente enigmático, inquietante. Estando allí en cualquier sala de teatro, pareciera que me traslada a la cumbre más alta del mundo donde me siento un misterioso hechicero invadido por las múltiples energías y emociones que se han vivido abajo en escena y que parecieran levitar en las sombras.

“Esta noche nacerá un niño, y ese niño será varón…”, dijo Enrique Gajardo Velásquez la noche del debut del Teatro Experimental de Chillán, en 1950. Y junto con el Teatro Experimental de Chillán (TECH), además nací yo como actor, actividad que no dejaría a lo largo de los años, excepto por cortos períodos cuando otros deberes sociales me parecieron prioritarios. Tenía razón Enrique. Yo debía esperar el estreno, y después decidir.

Y decidí. Nunca más me aburrieron los ensayos, antes por el contrario, comprendí y sentí que dicha etapa apasionante no tiene término, aun en la noche de estreno, un ensayo más. Me acostumbré a sentirlo así. A través de los años, convertí esa actitud, sin darme cuenta, en una disciplina de trabajo. Quizás por eso, debo confesar que a diferencia de muchos compañeros actores y actrices, no me pongo nervioso la noche de estreno ni durante las funciones. La confrontación con los espectadores es para mí la continuación de los ensayos, un trabajo apasionante, entretenido. Mucho más entretenido aún, porque con la presencia del espectador se activa ese misterioso cable virtual de ida y vuelta que nos potencia a ambos en el acto creador.

 

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