MI PADRE   POR NELSON VILLAGRA GARRIDO

TEXTO:    POR NELSON VILLAGRA GARRIDO

” Retirarse a tiempo Es tan válido como Saber llegar “

viernes, 8 de diciembre de 2017

MI PADRE

 DON PEDRO JUAN VILLAGRA PÉREZ, fue paramédico – Practicante, se denominaba en esos años – y en calidad de tal era empleado de la Empresa de Ferrocarriles del Estado en Chillán. El Practicante, era el ayudante del médico, capaz de dar primeros auxilios y hacer algunas curaciones más o menos complejas llegado el caso, incluyendo cirugía menor de urgencia, además de llevar la secretaría y administración del Consultorio Clínico de Ferrocarriles.

El oficio de practicante le venía a mi padre por familia, ya que mi abuelo paterno – don Laureano Villagra Odriozola – había sido también Practicante en el Hospital San Juan de Dios de Chillán, desde finales del Siglo XIX hasta las primeras décadas del XX. Hoy dicho Hospital es un Museo. (“Hospital Viejo” comenzó a denominársele cuando se construyó el “Herminda Martínez”, el “Hospital Nuevo”).

Mi padre, durante los años que vivíamos en la Avenida Brasil (1940-45), trabajaba en el Consultorio Clínico (“La Clínica”: tres habitaciones de madera: Dentista, Sala de Curaciones y Médico) que estaba en el frontis de nuestra misma casa ).

De manera que a él, aunque solamente lo veía en la comida, y luego, después de las 6 de la tarde, lo tenía sin embargo al alcance de la mano. En la casa, debido a que mi madre trabajaba en el “Seguro Social Obrero”, estaban dos queridas parientes – Pilar y Güina – que además hacían de nana para mí.

Mi padre siempre tuvo una bicicleta que le permitía visitar a sus enfermos en tratamiento, muy temprano en las mañanas, en sus domicilios. Y en esa misma bicicleta, a veces en las tardes, luego de su trabajo, cuando yo tenía unos 3 años, mi padre me sacaba a pasear hacia un lugar que se llamaba el parque Lantaño, vecino a nuestra casa.

En esos caminos rurales, aledaños a la ciudad, mi padre sabía elegir muy bien las más tiernas varas de cardos (cardo blanco, creo, o “pencas”), y con su infaltable cortaplumas las pelaba y me daba a probar. Eran exquisitas. Después cortaba algunas hierbas para sus conejos que tenía en casa, y regresábamos plenos de aire puro.

Durante esos paseos mi padre me enseñaba el nombre de los árboles y arbustos, y hablaba con ellos. Hablaba con las encinas, ¿entienden?, con las acacias, con las matas de mimbre. Hablaba con las vacas también, contándoles que yo me llamaba Lito (apelativo familiar), señalándoles mis virtudes y defectos.

Entonces él fingía escuchar a las hierbas, a los árboles o a las vacas (su actuación  me resultaba absolutamente convincente), y me transmitía la opinión que supuestamente esos seres habían dado sobre mi conducta. Mi padre siempre estimuló en mí una relación más o menos numinosa con la naturaleza pese a que él era ateo. Pero ya sabemos qué extraños somos los ateos, quienes al igual que los creyentes tenemos la necesidad de relacionarnos con algo – aunque no sea divino – más allá de nosotros y que sea inalcanzable.

En esos años, mi padre me enseñó a hacer unas sillas diminutas con varas de junquillo que recogía en los potreros, y con el mismo material él construía unas pequeñas norias que poniéndolas sobre la corriente de algún arroyuelo giraban maravillosamente.

De manera que nos unía una gran complicidad en esos años de mi infancia, porque al igual que mi padre, yo conocía el lenguaje de los conejos y las palomas… Ambos compartíamos el secreto de lo que decía la higuera, las matas de membrillos o las acacias y los álamos…

La misma complicidad teníamos cuando lo acompañaba en esos largos paseos por las playas de Tomé o Dichato en el verano, y hablábamos con las olas del mar y las gaviotas. Mi padre fue la primera persona que me mostró el Mar… y eso, en la infancia, es como mostrarte el infinito…

de Nelson Villagra Garrido 

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