MI MADRE por NELSON VILLAGRA GARRIDO

Texto: NELSON VILLAGRA GARRIDO

UNA LÁMPARA CAMPESINA

Recordando mi infancia pareciera que ésta la hubiera vivido en otro planeta. Así de asombroso me parece el cambio exterior en mi país y en el mundo en estos 80 años. Excepto en la evolución del Hombre hacia el Ser Humano, debido tal vez a que lo innato del animal dificulta aprehender lo adquirido, estadio este último en el cual suele emerger el Ser Humano. Eso me hace desechar la idea o el sentimiento que “todo tiempo pasado fue mejor”. Hoy como ayer aún imponemos mayoritariamente nuestra animalidad…

Mi madre, María de las Nieves Garrido Troncoso, un maravilloso ser humano, en los años 45-46 había inaugurado en la ciudad de Chillán la primera Clínica Maternal privada, en donde además las parturientas contaban con Pensionado durante su estadía. En esa época María de las Nieves tendría un poco más de 40 años…

No hacía mucho que mis padres habían comprado una parcela agrícola – una “puebla” según léxico local – en los alrededores del pueblo El Carmen, provincia de Ñuble. En El Carmen había nacido mi madre. Y en esa parcela (unas 30 hectáreas) comenzamos a veranear. Aquella era una zona cercana a la Cordillera de Los Andes, con un paisaje de suaves colinas, dedicadas principalmente a la siembra de trigo. Hermosas lomas verdes en primavera y fulgurantemente doradas en verano. A esas tierras y a esa comarca le debo gran parte de mi estructura afectiva campesina y mi voluntad de trabajo. Debido a ello, además del cariño, me sentía unido a mi madre por una telúrica complicidad.

Durante las vacaciones en aquellos lares, cuando había luna llena, algunas veces mi madre tenía el humor de inventar una visita nocturna sorpresiva a sus parientes y amistades. Ordenaba enyugar los bueyes al atardecer. La carreta se preparaba poniendo una “lama” (manta de lana rústica) sobre la mesa de la carreta, agregando rústicos asientos. Luego traían la guitarra y una garrafa de vino tinto de cinco litros. Preparadas así las condiciones, montábamos en la carreta durante el crepúsculo y salíamos al “camino real” – la rústica carretera pública – poco antes que saliera la luna llena. El grupo de paseantes lo componíamos mis padres, una chiquilla ayudante de los quehaceres domésticos, el carretero, Segundo Higueras, pariente de mi madre y “mediero” en la parcela. Y entre todos ellos, yo, mascota de unos 7 u 8 años.

Como toda la zona, el camino real también era de tierra de “trumao”, muy polvoriento, al menos diez o veinte centímetros de polvo ocre sobre la huella en el verano. Era un sendero estrecho en 1940. Debido al polvo y al tipo de tierra blanda, era un camino suave muy diferente a lo que fuera años después cuando se hicieron los terraplenes de ripio.

El trabajo de vialidad sobre esas colinas lo había hecho el paso de las carretas y caballos día tras día, año tras año. Y ese tráfico sobre la huella señalada como camino había ido horadando las pequeñas colinas, de manera que en muchas partes el “camino real” estaba hundido en esas lomas blandas de trumao, levantándose altos muros laterales que en algunas partes alcanzaban hasta tres metros de altura…

En esas noches de luna llena, solíamos visitar a la familia Higueras, a la tía Rosa – prima de mi madre – y al tío Jovino, ambos padres de Segundo el “mediero”, y ocasional carretero. Esta “puebla”, quedaba a unas tres leguas más al Este de la nuestra (unos 12 kilómetros), distancia que a paso de buey la cubríamos en dos o tres horas, dependiendo de los “aros”. Quiero decir, mi madre, acompañándose con guitarra, iba cantando hermosas tonadas y canciones durante el trayecto, cuyos ecos se extendían por los campos dorados destacados por la claridad de la luna…

“Aquí te traigo una rosa/ del campo la recogí/ la mata quedó llorando/ como lloro yo por ti…”

De pronto, María de las Nieves, pedía detener la carreta para hacer un “aro” en el camino. Consistía en que todos nos echábamos un trago de vino tinto – yo, un sorbo – para humedecer la garganta reseca con el polvo del camino, y a veces, el entusiasmo daba para que el carretero con la chiquilla, o yo con ella, nos bailáramos un pie de cueca cantada por mi madre y palmeada por mi padre:

“No me tires con rosas / allá va allá va que tiene espinas / tírame con violetas/ allá va allá va que son más finas…” 

Motivo de sobra para echarse otro trago en medio de la “polvareda” a causa de los zapateos de la cueca. Para mí eran momentos de dicha plena. ¡Aquellas noches, la luna llena era tan clara que competía seriamente con el sol, al mismo tiempo que  competía con los grupos compactos de “candelillas” (luciérnagas) que alborotaban por los dorados potreros como si fueran faroles de algún peregrino loco. Los escasos jinetes que pasaban a esa hora  por el camino – vecinos de la comarca – se quedaban mirando entusiasmados aquel alegre espectáculo gratuito, y era habitual que compartieran también un trago de vino tinto.

Y así, entre aros y polvareda, subiendo y bajando lomas, cruzando esteros sin puente, finalmente llegábamos a nuestro destino. Mientras los perros ladraban escandalosamente en las trancas de la puebla de los Higueras, mi madre cantaba desde la carreta un cogollo de parabienes:

“De lejos hemos venido/ cantando por los caminos/ Sabemos que hemos llegado/ a casa de los amigos…”

 ¡Espanten los peeerrooos, espanten los peerroos!, gritábamos, equivalente a marcar tarjeta en un parking.

Llegar a las 10, a veces a las 11 de la noche a casa de un campesino (en aquellos años no había luz eléctrica) era simplemente sacarlos de la cama. Y sin embargo con qué alegría recibían aquellas gentes a mi madre. Lógicamente para ellos y para todos nosotros, mi madre era la alegría del verano, la distracción, el rompimiento de la monotonía, y un “aro” en el duro trabajo de las cosechas de trigo.

Las chiquillas de la casa – Emelina y Martita, hermosas como la madre, chiquillas que hacía rato debían haberse casado -, luego de los abrazos y “¡pasen pa’ilante, pues!”, se iban derechito a la cocina, y los mozos al gallinero. Así es que ya, nos instalábamos en “el corredor” – el portal – de la casa, invitados por la Tía Rosa – una mujer de pelo blanco, hermosa- , y el Tío Jovino (pariente también, por lo de Gutiérrez), alto y flaco, muy parecido con su hijo Segundo, el carretero.

Mientras los mayores conversaban, yo me iba a la cocina para regalonear con Emelina y Martita, dulces muchachas en aquellos tiempos en que aún existía la inocencia. Ellas, siempre tenían para mí un caramelo o un chocolate (poseían almacén en el pueblo).  Mientras dejaba a las chiquillas en la cocina – un fogón sobre el piso de tierra – dando órdenes de cómo preparar la cazuela de ave y la “churrasca”, yo volvía al portal donde estaban mis padres y los tíos en entretenida “conversa”.

Hasta la 1 o 2 de la madrugada solíamos quedarnos allí donde los Higueras. Yo acostumbraba a quedarme a dormir en su casa en esas ocasiones. Estas visitas las hacía mi madre una sola vez cada verano, de manera que la sorpresa era aceptada y deseada por estas viejas amistades. Y más de alguna vez el tío Jovino y la tía Rosa se tentaron para bailar un valsiadito rejuvenecedor como despedida:

 “Nosotros nos juramos/ amores con delirio/ sea en esta vida/ o en la eternidad/ cumple tus promesas que yo te correspondo/ sin olvidarte un instante jamás/ sin olvidarte un instante jamás…”

Abrazos, emociones, “gracias por la visita” y “llévese estos huevitos y esta gallinita, Nieves”…. En esas ocasiones, bajo el corredor de la casa de los Higueras nos quedábamos escuchando cómo se alejaba el grupo con mi madre cantando, acompañada de su guitarra:

“Ya te vas a retirar/, Dios quiera que no te pese/ mira que no es bueno hacerse/ de lo que no ha de durar…/”…

La luna llena, como una lámpara potente en medio del cielo destacaba la carreta entre las lomas doradas por los rastrojos trigueros, hasta que se perdían los ecos del canto por allá por los bajos del estero…

de Nelson Villagra Garrido 

You may also like...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *