… SE HACE CAMINO AL ANDAR … ( A. Machado ) por NELSON VILLAGRA GARRIDO

TEXTO:  NELSON VILLAGRA GARRIDO

 

 

 

Mi ingreso a la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile en 1955 debo confesar que no fue una decisión personal inspirada. Fueron mis amigos del grupo de teatro amateur de mi ciudad, quienes me convencieron que entre la agricultura y mi futuro como actor, debía elegir este último. Ratificaron esa opinión mis maestros Ciro Vargas y Enrique Gajardo.

 

Luego de la ayuda de Ciro para vencer la resistencia de mis padres, y despidiéndome del Instituto Comercial y del Liceo de Hombres de Chillán, me presenté al examen de admisión en la Escuela de Teatro en el verano de 1955. Supongo que la Comisión de la Escuela te entregaba un texto para que prepararas tu examen de Actuación, no lo recuerdo. De todas formas aprobado el examen como actor, pasé luego ante otra Comisión para rendir un examen oral sobre mis percepciones y apreciaciones sobre diversas cuestiones culturales y artísticas. Un par de días después, o tal vez un poco más, no recuerdo, me entregaron los resultados positivos que me permitieron inscribirme como estudiante de Actuación.

 

Regresé feliz a Chillán con la buena nueva, para tristeza de mi madre sin embargo, quien estaba ilusionada en que yo sería el hombre que cultivaría la parcela agrícola que poseíamos en los alrededores del pueblo El Carmen.

 

Luego de unas cuantas semanas me despedí de mis amistades dejando pendiente en Chillán un serio problema sentimental con derivaciones hasta el día de hoy…

 

Llegué a incorporarme a la Escuela de Teatro a mediados de marzo de 1955.

 

A lo largo de los años muchas veces he vuelto a agradecer la anuencia de mis padres autorizándome para ir a la capital a estudiar “teatro” (¿?). Lo agradecí en aquellos años de 1950 y lo agradezco más aún hoy recordando el contexto de esos años en Chillán.

 

Pienso que no le quito virtudes a mis padres diciendo que ellos, aparte de haber sido ocasionales espectadores de una pieza de teatro o de algunas películas, tener un hijo actor en la familia les era completamente ajeno.

 

 

 

Y eso, a pesar que ambos eran personas sensibles. Mi madre una artista encubierta, y mi padre con inquietudes y reflexión sobre el entorno social y un gran respeto por la naturaleza. No obstante para ambos, tener un hijo estudiando teatro les resultaba sumamente exótico. No sólo a ellos, sino a sus relaciones de amistad y colegas. Resumiendo: la pionera Escuela de Teatro de la Universidad de Chile en la década del 50 aún no terminaba de convencer de su seriedad y necesidad cultural a la mayoría de mis compatriotas.

 

De tal manera  que mi madre, quien oficiaba de ejecutora administrativa, me instaló en Santiago en una más que modesta Pensión, con alojamiento y comida, sita en la esquina sur de calle Lord Cochrane con Av. Matta. Pero, ni un centavo para mis gastos personales. ¿Falta de generosidad materna? Más bien “pícara estrategia materna”: intentaba evitar que el hijo pudiera dedicarse a la bohemia y otros vicios peores – antigua mala fama heredada de “los cómicos” universales -, y sobre todo, lograr que el hijo flaqueara pronto ante la estrechez económica, prefiriendo el fructífero trabajo agrícola que le esperaba en Chillán.

 

Por tanto me vi obligado a descubrir el camino peatonal desde Av. Matta hasta calle Huérfanos 1117, 4° piso (tal vez unos dos kms). Allí, rodeada de oficinas de abogados y contables, la Esc. de Teatro ocupaba un pasillo con cinco o seis oficinas enfrente unas de otras, utilizadas como salas de clase, más una oficina para la Dirección y Secretaría.

 

Qué sencillo y modesto era el local de esa Escuela. Y sin embargo qué disciplina y rigurosidad artística irradiaba en él.

 

Comencé a estudiar en un momento de auge y madurez del Teatro Experimental de la U. de Chile (TEUCH), tutor de la Escuela. La planta de actores de ese grupo teatral habían adquirido el estatus de empleados de la Universidad, situación que les permitía dedicarse por entero a su labor artística y docente. Un enorme y significativo salto cultural en mi país en aquellos años.

 

Pero además, la década del 50 fue también un momento de florecimiento de la dramaturgia nacional que renovándose, coadyuvó al proceso de apertura y desarrollo cultural de nuestro país. Luis Alberto Heiremans,  Egon Wolf, Sergio Vodánovic, María Asunción Requena, Alejandro Sieveking, Fernando Debesa, Isidora Aguirre, Fernando Josseau, son nombres que acuden sin orden a mi memoria.

 

 

Unos y otros se sintieron estimulados por la difusión de la dramaturgia nacional e internacional que el TEUCH había comenzado a mostrar en sus puestas en escena transformando el teatro chileno.

 

 

 

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