MEMORIAS AGRIDULCES por NELSON VILLAGRA GARRIDO

 TEXTO   por NELSON VILLAGRA GARRIDO

En mi juventud de estudiante tuve un hijo que debido a las circunstancias no pude criar como fueron mis deseos. Y cuando quise hacerlo ya era tarde. No es fácil recordar esto con tranquilidad. La historia fue larga y agridulce y en mi afecto aún no concluye…

 

En fin. Tengo muy buenos recuerdos artísticos de mis estudios teatrales en Santiago, durante los cuales me di cuenta que los cinco años de experiencia teatral y radial que había tenido en mi ciudad natal, Chillán, facilitaron el paso por la Escuela.

 

Sin embargo mi condición de provinciano – con asuntos afectivos en provincia no resueltos -, agregado a mi pobreza económica transitoria, impidieron que me sintiera identificado con la ciudad de Santiago en aquellos años.

 

Podría decir que fui un alumno exitoso y sentí admiración por el talento de directores, actores, técnicos y profesores del TEUCH.  Pero continuaba sintiéndome ajeno a esa ciudad, a esa gente.

Fui espectador de inolvidables actuaciones artísticas de Agustín Siré, de Roberto Parada, Domingo Tessier, de magníficas puestas en escena dirigidas por Pedro Orthus.  Pero todo eso no superaba mi comportamiento retraído y hasta cierto punto desconfiado con la gente “capitalina”.

 

No obstante, con mis compañeros Fernando Bordeu e Ildemaro Mujica, mantuvimos una cálida amistad en los años de estudiante y con ambos tuve encuentros posteriores a los estudios muy emocionantes.

 

Fernando, de estatura mediana, era lo que entonces se denominaba “pije”. Provenía de familia adinerada, muchacho de unos 26  años que a los 15 había andado por Europa. Cualidad ésta singular en esos años y que a él le otorgaba mucha “mundología”, explotándola con mucho encanto, además de inteligencia. Fernando, estaba casado, y a pesar que su aspecto de piel blanca, pelo rubio y rasgos muy bien delineados le aseguraban éxito con el sexo femenino, mantenía cierto recato.

 

 

Ildemaro, quizás 28 años, era venezolano, becado nada menos que por el dictador Pérez Jiménez, contradictoriamente enemigo declarado de Ildemaro. (Eran tres o cuatro venezolanos que en estudios diferentes de la Universidad gozaban de una jugosa beca). Ildemaro poseía una gran simpatía, un relajo físico envidiable, un par de ojos verdes como lámparas que brillaban detrás de una piel bronceada, blanca dentadura y ángulos recios. Un tipo buenmozo que además acaparaba las simpatías de todo el mundo con su acento tropical desenfadado. Como era soltero, Ildemaro tenía aventuras amorosas constantes con amigas ajenas a la Escuela. Una de esas aventuras le tuvo a mal traer debido al léxico tropical. Quizás más adelante relate la anécdota.

 

En fin, compartimos una hermosa y divertida amistad de estudiantes entre los tres. Sin embargo mi condición económica en cero, impidió aceptar sus invitaciones fuera de las actividades de estudio. No tenía dinero ni siquiera para tomar una micro o el tranvía para ir a su encuentro. En una palabra, me inhibió la vergüenza. De tal forma que las soledades en mi habitación, sobre todo los fines de semana, mirando la ampolleta que colgaba de un largo cable desde el centro del techo, a veces llegaban a ser dolorosas.

 

Hacia finales del primer año de estudios – estamos hablando de 1955 -, el secretario de la sección Publicaciones del TEUCH (Teatro Experimental de la U. de Chile), Luis Córdova, quien había sido integrante del grupo cultural de Chillán, me pidió le recomendara ante la patrona de mi “Pensión” para tomar allí una habitación.

 

Esa circunstancia me permitió compartir con Luis las invitaciones que éste me hacía de tarde en tarde a algún restaurante del barrio de Av. Matta. Gran banquete, con botella de vino y un “bistec a la pobre”.

 

En el segundo año de Escuela mi precaria vida económica y anímica se atenuó. Llegó Víctor Jara al primer año de Actuación. La soledad y pobreza mutuas y nuestro interés por el folklore nos juntaron antes que las palabras.

 

Sucedió además que en este segundo año, Enrique Gajardo – mi maestro chillanejo, Encargado de Publicaciones en el TEUCH, además de profesor de la Esc. Nocturna – me recomendó ante Marta Brunet, una distinguida escritora nacional, originaria de Chillán, quien se desempeñaba en labores literarias en Santiago. Nuestra escritora tenía serios problemas de miopía en aquellos años y necesitaba alguien que leyera las ilustraciones que ella proponía en sus conferencias. Y he ahí el lector chillanejo, yo, que trabajó para esta adorable dama, quien poseía una dulzura de carácter que enamoraba. Y mis lecturas eran pagadas, ¿comprenden? Pagadas.

 

Señores, basta de autocompasión.  Este pobre estudiante comenzó a tener momentos de esplendidez. Y estoy seguro que desde la tumba recordará Víctor los banquetazos que nos dimos tantas veces en el cerro Santa Lucía o en el Parque Cousiño, comiendo una barra de pan negro, queso, con su guapa botella de leche.  Y de vez en cuando en alguna Fuente de Soda, una pizza o paila de huevos revueltos con jamón y leche con plátano. ¿Y el cigarrillo? Por qué no. Cuando recibía la paga de mis lecturas se terminaban las miserias de tener que recoger colillas en la calle. ¡Cajetilla entera!, los perlas. ¡Qué risas! Qué felicidad con la panza llena recostados en el césped, fumándonos el cigarrito…

De tal manera que entre los dos pasábamos las miserias – resulta menos estresante – a la espera de “las vacas gordas” cada vez que me llamaba Marta Brunet.

 

No me extiendo en la amistad con Víctor porque existen testimonio de ella en diversos medios o entrevistas. Solamente reitero que ninguno de los dos imaginamos o soñamos lo que nos deparaba el destino.

 

Menos aún, imaginamos que Víctor se convertiría en un símbolo acusador de la brutalidad y sadismo en contra de miles de compatriotas, avalados por nuestros sectores dominantes chilenos.

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