TODO ENGAÑO PAGA SU PRECIO

Texto:  NELSON VILLAGRA  GARRIDO

De los 44 estudiantes que entramos al primer año de la Esc. de Teatro en 1955, salimos egresados con todos nuestros exámenes rendidos satisfactoriamente, teóricos y prácticos, solamente 4 compañeros.

 

La mayoría fue abandonando los estudios a través de los meses, constatando que el teatro no era su vocación. En el segundo año además, se optaba por la especialidad. Y sucedía que aquél no era maquillador, este otro, no era escenógrafo, tampoco diseñador de vestuario, y a este otro no le interesaba la dirección teatral ni la Actuación.

 

Pero, aunque sin especialización, en nuestro año de egreso los alumnos de Actuación – quedábamos unos 15 – debíamos rendir exámenes en variadas materias: Historia del Arte, Dramaturgia Internacional (incluido un pequeño ensayo sobre un autor de nuestra elección, Ibsen, en mi caso); Dramaturgia Nacional, la escritura de una obra de teatro de 30 minutos de duración; exámenes de Maquillaje, Diseño de Vestuario y Escenografía (y una peculiar materia: Arme y Desarme escenográfico, a mi juicio una hora pedagógica, que no tenía otro sentido que complementar administrativamente el sueldo del profesor).

 

Así, en el examen final de Actuación la mayoría de los compañeros tenían exámenes pendientes en diversas materias. Nuestro examen lo hicimos en la sala Antonio Varas con la pieza teatral del autor inglés J. B. Priestley , “El Tiempo y los Conway”, dirigido por Eugenio Guzmán. Creo recordar que mi personaje era el mozo-valet de la mansión de los Conway.

 

Terminada la presentación, abrazos emocionados, deseos de felicidades, “quién sabe nos volveremos a ver” – con algunos los deseos se hicieron realidad –, despedida con mi amigo Víctor, y calabaza calabaza cada uno para su casa.

 

Y entonces – como se dice en los cuentos orales -, llegaron a mis oídos las posibilidades de postularse al Teatro de la Universidad Católica (TEUC), al parecer se abrían algunas plazas. Pero en ese momento mis sentimientos insistieron en engañarme. Obnubilaron completamente mi razón. No tenía el menor interés de quedarme en Santiago. Si para ser actor debía residir en la Capital, el Engaño me dijo: tú eres campesino, no tienes nada que ver con la gente capitalina. Lo tuyo es la agricultura, tu plan contempla el amor que le tienes a tu amiga chillaneja con la cual irás a vivir al campo, y tu madre quedará feliz…

 

Qué peligrosa es la juventud cuando decide un destino equivocado.

 

“¿Qué te parece Nieves – le dije a mi madre en un tono de broma como le habría hablado mi padre – si aprovechando el garaje que está desocupado, instalamos una Bodega de Frutos del País? Lo surtimos con el producto de la hijuela, además del mercado mayorista, ¿ah?

 

Y aunque mi padre manifestó su escepticismo, “ustedes verán”, mi madre por el contrario se mostró dispuesta a la aventura: yo me casaría y a vivir al campo los dos tortolitos. Mi madre, mi novia y yo felices. Mis amigos chillanejos, tan escépticos como mi padre.

Mi corazón batía las palmas imaginándome la ampliación de la producción agrícola en la hijuela de El Carmen, incorporando nuevas tecnologías agrícolas… Con mi novia nos abrazábamos más cálidamente que nunca. El pragmatismo de mi madre, que la engañó muchas veces, sacaba cuentas felices, verdaderamente ilusionada.

 

Ignorante del público que había asistido a nuestro examen de egreso en Santiago en 1957, ignoraba yo también que entre esos espectadores había una Comisión del Teatro de la Universidad de Concepción (TUC), que se profesionalizaría a partir de 1958. La Comisión visitaba Santiago en busca de actores para su planta profesional.

 

Y, ¡oh, hados traicioneros que no pudisteis callar vuestra verdad arrolladora! ¡Una carta! Una carta – que no se perdió como en los melodramas -, llegó a mi casa a las seis semanas haciendo repicar las campanas del Destino.

 

El Director del TUC, Gabriel Martínez Soto-Aguilar, me ofrecía un contrato como actor, invitándome a una entrevista con él (hoy me pregunto, cómo es posible que no conserve un documento como ése).

 ¿Actor, en provincia? En esos años la ciudad de Concepción distaba a unos 150 kilómetros al sur de Chillán. ¿En provincia…? Sorprendentemente mi novia estuvo de acuerdo… Mi amigos, estuvieron de acuerdo… Yo…, estaba de acuerdo. Mi Vocación, con la carta en la mano, aleteaba como el pajarillo que lo han querido encerrar en la jaula.

 

Pero yo bien sabía el efecto que haría la carta en mi madre. No olvido su actitud mirando la página sobre el escritorio de su oficina. Aunque pienso que ella nunca estuvo tan engañada como yo, le había hecho ilusión sin embargo que aquellas tierras de El Carmen, su tierra natal, se transformaran en una hijuela productiva más allá de unos cuantos quintales de trigo…

 

Muchos años después, tal vez 50, durante una entrevista radial en Santiago, recordando ese momento en que le mostré la carta a mi madre, de manera sorpresiva rompí en llanto, literalmente. El periodista guardó silencio. Mi corazón conservaba el sentimiento que había traicionado una ilusión materna, pero en aquel entonces mi Vocación Rebelde, desengañándome, había congelado esas lágrimas…

 

 

De manera que cincuenta años más tarde pagué esa deuda sentimental, públicamente.

 

 

 

de Nelson Villagra Garrido 

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