GIRA A BUENOS AIRES por NELSON VILLAGRA GARRIDO

TEXTO:  NELSON VILLAGRA GARRIDO

No me es fácil contar lo que continúa a pesar que en esas semanas yo vivía felices días de recién casado, y que gracias a un gesto generoso – que resultaría pragmático – de Pedro de la Barra, me acompañaba en la gira mi esposa, la actriz Shenda Román. No obstante, digo que no es fácil recordar aquellos episodios, porque hoy conozco la dimensión que adquirieron los hechos.

Terminada la temporada comercial tan intensa en Montevideo nos fuimos a Buenos Aires. Actuaríamos en el Teatro San Telmo, ubicado justamente en el barrio San Telmo, en ese entonces un barrio popular de clase media y obreros industriales, lejos de los centros teatrales bonaerenses. Según opinión de uruguayos y algunos argentinos, aquella no era la sala más apropiada para nuestra temporada (La composición social del barrio San Telmo ha cambiado mucho actualmente, según me he informado en la red. Al parecer hoy es un barrio bohemio con gran actividad cultural. Originalmente, San Telmo fue fundado por clases acomodadas). Sin embargo, seguramente en 1960 era la sala más barata que encontró Reynaldo Segovia.

Una mañana de mayo de 1960, nuestra compañía de teatro se encontró con sus maletas en los pasillos del “Hotel Apolo” (¿quizás sobre la calle Lavalle?) Un edificio de principios del S. XX de Buenos Aires, similar a los de calle República, en Santiago: muros altos, mal cuidado. Alguien, que no fue Reynaldo, nos había dejado allí en un segundo piso del hotel que tenía un balcón en el centro formando un rectángulo rodeado de habitaciones, dejando un vano hacia la planta baja. Incómodos, cansados, algunos compañeros sentados en sillas o sobre un viejo sofá, en esa especie de balcón rectangular. Esperábamos que apareciera, o Reynaldo, o Pedro de la Barra. Pasaron tal vez un par de horas, y nadie aparecía, ni siquiera la gente de administración del hotel.

Serían las 10 de la mañana – habíamos atravesado el Río de la Plata durante la noche en el Ferry -, cuando por los pasillos comenzaron a salir de las habitaciones contiguas, mujeres cubiertas con toallas, y otras a medio vestir. Hombres caminando rápido, con claras trazas de querer abandonar pronto el lugar.

Fueron las compañeras de nuestro grupo quienes concluyeron en qué tipo de Hotel estábamos. Conclusión e indignación explotaron al mismo tiempo:

-“¡Hay que ubicar a Reynaldo o Pedro, esto no puede ser!”, dijeron alteradas.

Creo recordar que fueron Delfina Guzmán e Inés Fierro, quienes comenzaron a exigirle a Gustavo Meza, que ubicara a como diera lugar a Reynaldo o Pedro.

-“¡Esto es un Hotel parejero, es el colmo! ¡Estamos seguras que esto no le gustaría a la Universidad de Concepción”!

Y se armó el lío.

En asamblea improvisada allí mismo tomamos la decisión que no nos hospedaríamos en ese Hotel, y que exigíamos un hotel “decente”, al decir de las compañeras. Como los alegatos comenzaron a culpar a Reynaldo, algunos de nuestros compañeros quisieron atenuar dicha responsabilidad. Argumento que alteró nuestros ánimos de manera desacostumbrada.

Y fue entonces, solamente entonces cuando fuimos informamos de la realidad: algunos compañeros – tal vez Jaime, Tennyson, y Andrés –, tenían la información que Reynaldo Segovia, nuestro querido y competente representante teatral, y administrador además, luego de la gira en Chile antes de partir al extranjero, gira que había terminado en Viña del Mar, tuvo la mala idea de jugar unos cuantos pesos en el Casino de Viña del Mar.

Lamentablemente, buscando un golpe de suerte, Reynaldo apostó parte importante de los dineros que habíamos obtenido con la gira en Chile, que en definitiva pertenecían a la Universidad. Y ya se sabe como es eso: “quizás si apuesto un poco más, recupero lo perdido…”

Comprometida esa gruesa suma de dinero perdida en el Casino de Viña del Mar, Reynaldo creyó resarcirse en Montevideo, en el Casino que poseía el Park Hotel en donde nos hospedamos. Pretendiendo recuperar aquel dinero, volvió a apostar con lo ajeno.  Aumentó la deuda. El desastre.

A Reynaldo no le quedaba otro camino para recuperar el dinero que explotando comercialmente “Población Esperanza”. De ahí las excesivas funciones en Montevideo. Luego, Segovia estaba obligado a buscar un hotel y sala de teatro de bajo precio en Buenos Aires.

Por todo ello, posteriormente durante la temporada del San Telmo, tuvimos que conformarnos con una pizza como viático para la comida entre funciones. Tengo un pésimo recuerdo de Buenos Aires, porque Shenda y yo, no teníamos un peso en los bolsillos, todo lo habíamos gastado en Uruguay. Íbamos a pie a la sala San Telmo.

Aunque los compañeros que estaban informados del descalabro de Reynaldo, fueron recriminados por no habernos advertido de la situación desde el comienzo, lo más importante en ese momento era trasladarnos a un hotel conveniente. Tomaron contacto con Reynaldo, supongo que le dijeron, “Reynaldo, ya todos lo saben, arregla lo del hotel, de lo contrario tenemos huelga”.

Estábamos obligados a continuar trabajando con Reynaldo Segovia, él tenía todos los contactos, en fin, estaba en su propia tierra. Y ninguno de nosotros tenía la autoridad para destituirlo, medida que por lo demás no resolvería nada. Segovia siguió trabajando, “eso sí a control remoto”, con personas argentinas que él delegaba. Logramos que nos metieran esa mañana – no recuerdo si a todos en el mismo lugar-, en un hotel del barrio la Boca, probablemente otro parejero, aunque de serlo, era más discreto.

Pedro de la Barra desapareció. Un gran error, porque nos hizo pensar que Reynaldo, en el afán de atenuar su responsabilidad buscando cómplices, le habría adelantado dineros a Pedro, sin advertirle de su situación. De manera que cuando éste se enteró de lo que había hecho Reynaldo, seguramente se sentiría cómplice y culpable ante nosotros. Otro error. Un error que cortó las comunicaciones entre nosotros.

De este modo, nos sentimos traicionados por la falta de franqueza de Pedro para con el grupo. Más aún, con su ausencia. No lo volvimos a ver.

En esas condiciones se inició la temporada en Buenos Aires. Y aunque no fuimos el mismo suceso que en Montevideo, nos fue muy bien, con una asistencia moderada de espectadores. La sala en esos años, como dije, quedaba un poco a trasmano del barrio teatral de Buenos Aires. A pesar de ello, recibimos varias veces la visita de personalidades ilustres del teatro y cine argentino. Tuvimos críticas muy elogiosas, y el público aplaudía con entusiasmo. Sin embargo, en aquellos días, toda miel nos parecía amarga. Atahualpa del Cioppo nos visitaba a veces dándonos ánimos. Las desilusiones son siempre dolorosas, porque cuando eres joven, a un maestro siempre se le quiere.

Hoy mi mirada está exenta de pasión o de animosidad. Me parece que aquellos hechos no empañan para nada el aporte artístico y cultural que Pedro de la Barra hizo a través nuestro, a la región de Concepción y a nivel nacional. Pero en aquellos años, nos sentimos traicionados. Pedro se sintió ofendido por nuestra desconfianza, y nosotros desengañados por su silencio. Curiosamente quienes estábamos más dolidos éramos el grupo de actores que habíamos venido de Santiago.

Por otra parte, en aquel mes de mayo de 1960, todo aquello quedó tapado por una catástrofe mayor: “¡EL PAÍS HERMANO HUNDIDO BAJO EL MAR DESDE CONCEPCIÓN AL SUR!” Eran los titulares que aparecían en los diarios argentinos. Fue el “megaterremoto” que en realidad fueron varios movimientos sísmicos iniciados el 21 de mayo terminando el 22 de mayo en Valdivia en donde alcanzó 11 grados y hasta 12. Geológicamente el desastre fue mayor que las víctimas fatales. Las comunicaciones telefónicas interrumpidas. Los vuelos suspendidos a Chile en los primeros días, y a Concepción…, la incógnita era total. Tal vez los titulares de los diarios no exageraban: “EL TERREMOTO MÁS VIOLENTO REGISTRADO EN LA HISTORIA”. El matrimonio de Roberto Navarrete e Inés Fierro, tenían hijos pequeños en la ciudad; Brisolia Herrera, sus padres. En fin, teníamos amigos, parientes en el sur chileno. De Chillán, tampoco se sabía nada, mis padres y hermanos vivían allí.

A pesar de todo, debíamos seguir la temporada, no teníamos otra opción. El contrato con la sala nos obligaba y no había modo de regresar a Chile, por aire o por tierra. Y algo peor, no había dinero para pagar los pasajes de regreso a Chile. Se esperaba que la Universidad nos asistiera, pero estábamos sin comunicaciones…

Inés Fierro, de acuerdo con su marido, Roberto Navarrete, pidió marcharse. Ya buscaría forma de llegar a Concepción, una vez en Santiago. Todos comprendimos que teniendo hijos pequeños en Concepción…, la alentamos a hacerlo.  Shenda Román, reemplazó el personaje de Inés (pragmatismo de Pedro). Asesorada por Gustavo Meza, Shenda hizo “un toro” – jerga teatral – de un día para otro. La invitación que Pedro le había extendido a Shenda nos salvó la campana.

Pasaron los largos días – quizás tres semanas – de la temporada, y esperando la llegada de algún personero de la Universidad. Mientras tanto, tuvimos varias asambleas, especulando sobre las consecuencias que los hechos económicos tendrían en el futuro para nuestro grupo, una vez llegados a Concepción. Se acordaron los puntos de una carta que sería presentada a la Rectoría, exponiendo los hechos, y eximiéndonos de toda responsabilidad.

Por fin llegó un funcionario de Relaciones Públicas de la Universidad de Concepción, pero de la oficina de Santiago. Lógicamente, no tenía atribuciones para resolver nuestro regreso. Había que esperar que los días de la catástrofe amainaran en Concepción.

Pero mientras tanto, nuestro compatriota funcionario de la Universidad quiso ver la función de “Población Esperanza”, como he dicho una obra de típico ambiente popular chileno. El funcionario llegó alarmado a los camarines al término del espectáculo:

-“¡Muchachos, qué pasa! ¡Todo está muy bien, pero ustedes están hablando con acento argentino!”

Se nos había pegado el cantico. Quizás por eso gustaba nuestro trabajo, hablábamos igual que “echyos”. Y claro, viviendo todos en medio del mismo acento, se nos había anulado la distancia crítica que nos aportó nuestro compatriota. Aunque a esa altura, el desencanto e impaciencia por retornar ocupaba el centro de nuestros ánimos. Finalmente, dentro de una quincena tal vez, la Universidad resolvió el asunto de los pasajes de regreso. Sería a fines de Junio, supongo.

Antes de regresar, Gustavo logró comunicarse con Gabriel Martínez, quien permanecía en Concepción. El, y su familia estaban indemnes felizmente. Se le informó a grandes rasgos de la situación, y se le comunicó que por supuesto la asamblea pensaba que él debería retomar la dirección del TUC, sin abandonar la dirección de la Escuela de Teatro, organismo en el cual comprometíamos desde ya nuestra colaboración como profesores.

de Nelson Villagra Garrido 

 

You may also like...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *