Doña INÉS CEA de OLIVARES

Texto:  Leopoldo Martin Ramos

 

De los muchos testimonios fotográficos de doña Inés Cea de Olivares he seleccionado una imagen que su hija capturó para editar en páginas sociales. Doña Inés descansa en una habitación de su casa, con una muestra variopinta de los bordados que acostumbraba a realizar, incursionando en artesanías diversas, las cuales compartían su tiempo de estudios y manualidades de hermosa contextura. Creo, es la que mejor identifica su quehacer en sus últimos años de vida.

Acaba de emprender un viaje hacia ignotas estancias.

Sus hijas e hijos, que son muchos, y los hijos de ellos, se aferran a la idea de un retorno en breve tiempo, con la ilusa sensación de que solamente ha transitado a visitar a sus amigos, que también se cuentan por decenas…

Doña Inés fue una Dama muy especial. Quiero apreciarla en su imagen de ayer, más que en su visión del presente. Ayer, vigorosa, entusiasta, buena para tejer manifestaciones de amistad, profundamente religiosa y de una bondad a prueba de incrédulos. La penosa enfermedad que la aquejó en los últimos meses, fue testigo de su tenacidad de vida, y de la generosa compañía de sus hijas e hijos para atender sus deseos y desvelos. Al partir, logró sentir ese cariño formidable que, ella sin proponérselo, logró insuflar en el espíritu y comportamiento de los suyos.

Conocí a doña Inés, luego de trabar amistad con su hijo Eduardo, hombre de variadas capacidades laborales; hace poco, en una conversación sobre recuerdos de faenas, le pregunté: – de todos sus trabajos ¿ cual es el que más le agrada ? … “la artesanía”, fue su respuesta -; hace cosas hermosas en madera y fierro… Sus otros hermanos, también ejercen oficios nobles y honestos.

En casa de amigos: del periodista Ciro Edgardo Vargas Mellado y su esposa Sonia Roa Mena, hay una hermosa mecedora de madera, trabajo de Eduardo, y una mantilla de diversos colores, tejida por las manos hacendosas de Doña Inés, su madre.   Sobre el escritorio de mi buhardilla, una figura en fierro, confeccionada por Eduardo, con clavos en desuso de aprieta rieles en durmientes de rancia madera para ferrocarriles.

Una niñez difícil y menesterosa; superada luego en su casamiento con un Varón muy trabajador: Don Juan. Doña Inés tuvo dieciséis hijos… los recibieron  juntos, con mucho cariño, no exento de sacrificios; empero, con alegría. Las limitaciones propias de una vida de esfuerzos, resultaron acicate poderoso para que la prole sea hoy gente noble y de buena ley.

Una remembranza que aflora en el instante en que conozco la noticia del fallecimiento de Doña Inés ( 1º julio 2018): un mediodía lejano, estuvo en mi buhardilla con algunas de sus hijas y nietos, a compartir la modestia de mi convite. Conociendo su devoción, le solicité hiciera la invocación de bendiciones … se puso de pié, y antes que una plegaria, nos hizo partícipes de reconocer la abundancia de las menestras, por su intencionalidad más que por su excelencia. Eso nos hizo contentos y satisfechos.

Una disquisición final: pienso que mi querida señora Inés, al empezar su viaje no olvida sus hilos y telares que habrán de retomar fuerza y vigor en manos de sus hijas, para urdir hermosas arpilleras de recuerdos. La energía que mantuvo siempre, logrará prevalecer por mucho tiempo

 

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