DEL RADIOTEATRO EN LA DIFUSIÓN DE CUENTOS CHILENOS (GENTE DE RADIO Nº 8)

TEXTO  DEL LIBRO  (GENTE DE RADIO Nº 8)

 

 DEL RADIOTEATRO EN LA DIFUSIÓN DE CUENTOS CHILENOS

 

 

La notable experiencia de Radiodifusión Cultural de Chillán, captando el interés de las gentes. Una actividad inédita que involucró a jóvenes y no tan jóvenes de diversas procedencias, sin faltar un teniente de ejército y un cura franciscano… recuerdos amables de Ciro Vargas en sus contactos eclesiales.

 

 

(GENTE DE RADIO Nº 8)   LEOPOLDO.- Radiodifusión Cultural de Chillán, la primera experiencia en este ámbito que nació en la ciudad de Chillán, con el estímulo, participación y esfuerzo de Enrique Gajardo Velásquez y Ciro Vargas Mellado.

 

Con Ciro, periodista, estamos hablando en este Programa de “Gente de Radio” de estas circunstancias e historias de la radiotelefonía nacional. Centrémonos, para continuar estas pláticas, en el tema de los inicios de Radiodifusión Cultural de Chillán, como expresión de un trabajo dedicado a la cultura, y haciendo una suerte de diferenciación de la radio de ese entonces y la radio que se escucha actualmente. ¿Podríamos decir que, a lo menos en la ciudad de Chillán, los programas de Radiodifusión Cultural fueron pioneros y en qué sentido lo fueron?

 

CIRO VARGAS.- Sí, efectivamente lo fueron, porque se abrió una ventana que la gente desconocía. Eso era el radioteatro, que tenía una expresión diferente al radioteatro que escuchaba la gente, comúnmente, un radioteatro distinto, por ejemplo, el de Juan Pérez Berrocal que llevaba a la radio las obras de teatro que él escribía … la presentaba primero en radio y como solía ocurrir en esa época, transmitía en episodios la obra que finalmente iba a ser presentada después en un escenario. Entonces, toda la etapa previa que transmitía en capítulos, en episodios en la radio, terminaba con la presentación completa de la obra en un teatro, y eso lógicamente significaba que la gente que escuchaba en la radio se iba a ver la obra, después, en el escenario.

 

Bueno, lo nuestro tenía otra expresión. Era un material muy bien cuidado y llegamos, verdaderamente, a unos atrevimientos increíbles porque pasamos desde obras de Sartre, por ejemplo, hasta Shakespeare, muchísimos autores. En adaptación a la radio fueron presentados en nuestros programas dominicales y eso le parecía a la gente, desde luego, sumamente novedoso y atractivo.

 

La adaptación a la radio de cuentos chilenos, de autores destacados…, todo eso entonces -además que matizábamos con música selecta muy bien escogida, muy bien presentados los autores-, entonces era un programa muy bien hecho, con mucho cariño y mucho cuidado, de tal manera que era una cosa nueva para Chillán, y así lo valorizó mucha gente.

 

Lo apreció mucha gente, y por eso es que rondaban en torno a esta institución jóvenes estudiantes, particularmente varones porque las mujeres eran muy reticentes; teníamos voces femeninas ahí, que las apreciábamos mucho porque era difícil que anduvieran metiéndose en la radio mujeres…, porque podría pensarse que andaban en malos pasos… Hacer teatro… también se suponía que las mujeres andaban en una vida muy frívola ahí, participando en él.

 

Bueno, fue una expresión novedosa, una expresión atractiva que hacíamos con muchísimo cariño y que hacíamos con mucho respeto, y que en ese sentido pasaba a ser una cosa muy diferente.

 

Y así, sucesivamente, esto se mantuvo durante años… años… después desapareció el radioteatro… Ahora está reviviéndose en algunas radios, pero técnicamente bien elaborado. Lo nuestro era muy artesanal… hacíamos el sonido del trote de los caballos con unas calabazas, por ejemplo…

 

Y eso de hacer sonar un disparo era una cosa realmente imposible… Nunca nos resultaba algo parecido a un disparo cuando pretendíamos con algún mecanismo, provocar el ruido de un balazo. Pero así nos entreteníamos muchísimo en ese trabajo en lo que respecta al radioteatro, particularmente. Pero no era lo único que hacíamos porque se incorporaba otro material: había música, y había conferencias, y había entrevistas… Se hacía un trabajo bien interesante que reunía a una juventud muy valiosa que nos acompañó en esas actividades por mucho tiempo.

 

Y al margen de eso, bueno, hacíamos cosas tan extrañas como transmitir música, en el verano, en la Plaza de Armas de la ciudad… Hacíamos un tendido de cables desde las oficinas que nos prestaba en esos años la Municipalidad en el tercer piso del edificio –se nos prestaba una oficina que constituía nuestro lugar de trabajo- porque todo lo hacíamos así, a puro pulso, sin tener un centavo para nada…, pero, lo hacíamos con entusiasmo y suplíamos la ausencia de recursos.

 

Y transmitíamos desde las oficinas del tercer piso, música que amplificábamos en el kiosko de la Plaza de Armas, así que la gente disfrutaba de música en los horarios de los atardeceres del verano, que resultaban ser unas jornadas muy hermosas.

 

( Se ríe, recordando…) Una de las cosas curiosas que mi madre no me perdonaba… decía que ¡era una locura!, pero me puse a cantar en el kiosko de la Plaza, una vez, acompañado en guitarra, creo que por las Hermanas Acuña que eran dos folcloristas muy conocidas en Chillán. Y entonces canté imitando a un ciego… simplemente simulando que era un ciego como los que veía uno en el tren o en la calle, cantando…, entonces causó mucha impresión eso… Sí, dijo que era una locura, eso, pero me subí al escenario y ahí en el kiosko de la Plaza, cantamos eso…

 

Y allí, en otra oportunidad, al frente -en los patios de la Intendencia de la provincia-, frente a la Plaza de Armas, instalamos, creo que dos a tres años seguidos, unas ramadas para el dieciocho de setiembre, porque teníamos que ganar algún dinero ya que teníamos que comprar una grabadora, por ejemplo.

 

Era un sueño muy sentido y nos pusimos a hacer unas ramadas… Luego de adecuar el espacio como tal, se empezaron a hacer las empanadas, las chiquillas preparaban las empanadas, las mamás de ellas ayudaban igual, los muchachos hacían lo suyo y en la noche permanecíamos hasta la una o dos de la mañana… Fueron unas fiestas bellísimas y dos o tres noches seguidas…

 

Esas ramadas adquirieron un rango especial… no eran una fonda cualquiera… y nos permitieron ganar algún dinero que a su vez, nos posibilitó la adquisición de una grabadora que nos acompañó durante mucho tiempo… Incluso tuvimos –que no fue nuestra pero nos la prestaron- una grabadora en alambre… incluso fuimos una vez al mercado con esa grabadora que grababa en unos carretes de alambre… era una cosa muy extraña, pero así lo hacíamos y así disfrutábamos de lo que se podía hacer…

 

LEOPOLDO.- El público, la ciudad de Chillán, veía de manera especial, para no calificarlo específicamente, la participación de mujeres en el trabajo radial, en el trabajo teatral, pero también se vinculaba otra gente… Tengo entendido que un curita también andaba en esos afanes. ¿Qué puedes contarnos de esa experiencia?

 

CIRO VARGAS.- Fue un fenómeno bien especial. Yo viví la mitad de mi vida en Chillán y todo ese tiempo viví en la misma casa, frente al Convento de los Franciscanos… así es que teníamos mucha amistad con los Franciscanos…

 

Cuando éramos muchachos yo y la patota de chiquillos íbamos a ayudarle al Sacristán a pasar, por ejemplo, el trapo por el piso de la iglesia…, le ayudábamos a encerar, y eso nos significaba que nos retribuyera él esta atención con recortes de hostias que nos parecían un banquete los trocitos éstos… el recorte de las hostias, y sobre todo el conchito del vino que quedaba de la misa… que era un vino que nos parecía una miel. Y nos regalaba, entonces, unos traguitos de ese vino de misa y recortes de hostias, y nosotros ayudábamos en patota a limpiar la iglesia.

 

Y, particularmente después, un Cura…, un Fraile Franciscano perteneció al Grupo. Se incorporó al Grupo de radio y de teatro y además él formaba parte de la Orquesta Santa Cecilia y nos causaba mucha risa verlo porque con sus sandalias de fraile marcaba el ritmo… y notábamos nosotros como –con el dedo gordo del pie- iba marcando el compás de lo que estaba tocando. Con el pie… pero con el dedo gordo era lo más visible que tenía en su sandalia…

 

Era un fraile franciscano muy amable… Le gustaba a él la poesía, le gustaba la música, y se incorporó también al grupo nuestro. Y así también había un Teniente de Ejército, con uniforme y todo, que estaba metido en nuestras presentaciones, en los ensayos y participando en el radioteatro.

 

Entonces, era una mezcla de personas de diversas actividades, pero inspiradas en el lindo propósito de aportar algo a la ciudad y satisfacer las inquietudes que cada uno tenía en el ámbito de la cultura y el arte.

 

Y, ahí la referencia que Leopoldo hacía de los frailes: era ese vínculo que teníamos con los Franciscanos y recuerdo, precisamente, mi primera, y única, y gran borrachera, porque fue enorme… Yo era muchacho… pero fue con un fraile franciscano que me invitó a ir a un fundo que los Franciscanos tenían en esos años cerca de Chillán, y… bueno… era el fundo “Los Guindos”, que era el lugar de paseo donde llevaban gente de algunos colegios y siempre los curitas hacían paseos…

 

Y se puso a llover torrencialmente después… Entonces dijo: “Va a seguir lloviendo y es imposible que regresemos a Chillán”, porque eso se hacía en una cabrita… No era un vehículo cubierto, sino una cabrita y al regreso dijimos no…, tenemos que quedarnos acá a alojar en el fundo, porque llovía torrencialmente… Nos instalamos, entonces, a cenar allí, una cazuela preparada por la gente que cuidaba las dependencias… y el anfitrión dijo: “Traigamos aquí un jarro de vino”… Efectivamente, se trajo el jarro de vino… se bebió el jarro de vino y fueron dos o tres frailes y yo… que era un muchacho que tendría quince, dieciséis, o no… catorce años… los que dimos cuenta de ellos… Claro, yo no había bebido nunca y me tomé todos los tragos que me ofrecieron, con lo cual terminé totalmente ebrio (se ríe entusiastamente ), me tuvieron que llevar en peso a la cama donde después amanecí… ¡ay!… con una cabeza del porte del mundo y no servía para nada… y con el estómago hecho un infierno. Y ahí mi amigo fraile me dijo: “Aquí está la solución”. Y me han servido un caldo que como nunca lo volví a tomar… ¡Estaba picante…! Ese caldo fue el que me corrigió las fallas estomacales y de la cabeza… Regresamos a Chillán por la tarde… era un día miércoles, no había clases… Entonces me deslicé hacia un teatro a una “matiné” y ahí terminó la primera juerga histórica que tuve como muchacho, allá en mis tierras chillanejas…

 

 

 

 

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