VIEJAS HERRAMIENTAS POLÍTICAS Por  Wilson Tapia Villalobos

Texto:  Wilson Tapia Villalobos

VIEJAS HERRAMIENTAS POLÍTICAS

 

 

El miedo y el odio son herramientas que el hombre ha usado desde siempre para alcanzar, aumentar y mantener el poder. Hay momentos en que la manipulación de tales sentimientos cae en campo propicio y éstos crecen, llegando a provocar males irreparables. Las guerras son manifestaciones de ello. Dos conflictos de carácter mundial dan muestra de que el desarrollo humano no es lo suficientemente sólido como para impedir que esto ocurra. Hoy nos encontramos nuevamente ante uno de esos períodos en que el odio y el miedo crecen aupados por líderes irresponsables sedientos de poder.

En poco menos de 24 horas, Estados Unidos -y el mundo- se vieron conmocionados por dos masacres. Fueron 29 muertos y más de cincuenta heridos. Los responsables: dos hombres blancos, de 21 y 24 años. Escenarios: Dayton, estado de Ohio; El Paso, Texas. Ambos reivindicaban la necesidad de evitar la amenaza que, para la cultura estadounidense, representa “la invasión” hispánica. Hasta ahora, la policía no ha encontrado vinculación entre estas dos personas, por lo que se realizan investigaciones separadas. El hilo conductor, sin embargo, es el mismo: el odio.

En el campo político, la responsabilidad de este sentimiento de rechazo creciente es endilgada al presidente Donald Trump. En los últimos mítines en que se ha hecho presente para buscar apoyo con miras a las próximas elecciones, ha insistido en su rígida postura anti inmigración. A esta la presenta como una amenaza para la integridad del país. Sin embargo, una vez conocidos los hechos, Trump formuló declaraciones ante la prensa y por internet, sosteniendo que “no hay cabida para el odio” y atribuyendo los hechos a la “salud mental” de sus protagonistas.

Pese a tales declaraciones, para muchos resulta difícil olvidar sus constantes llamados a mantener la “pureza” de etnia estadounidense. Una retórica que olvida que la raza blanca no es originaria del territorio que hoy ocupa USA. Y que tampoco él proviene de una familia de ancestros sioux, hidesta, osage, oiway, otoe, wichita, cheyene u otras de las numerosas comunidades que poblaban el territorio norteamericano antes de que éste fuera colonizado a sangre y fuego.

El caso de los Estados Unidos grafica claramente la encrucijada que hoy vive gran parte del mundo occidental y la visión distorsionada con que sus líderes intentan enfrentarla. En Europa, la disyuntiva es planteada como la defensa de la patria contra la invasión foránea, que no sólo amenaza pureza racial, riqueza, puestos de trabajo, idiosincrasia, sino hasta la pérdida de valores esenciales que serán arrasados por “infieles”. Así lo afirman gobernantes como el húngaro Víctor Orbán, el italiano Matteo Salvini, el británico Boris Johnson. En posiciones similares, aunque de manera más sibilina, también lo hace el presidente francés, Emmanuel Macron. Y, en América Latina, el conglomerado de mandatarios conservadores, que conforman los de Chile, Argentina, Ecuador, Paraguay, Colombia, se orienta en el mismo sentido. El problema es que este grupo enfrenta luego situaciones que no sabe cómo resolver. La diáspora venezolana fue creada, en gran medida, por las sanciones en contra del régimen de Nicolás Maduro que estos mismos líderes estimularon -y aún impulsan llegando, incluso, a plantear la posibilidad de una intervención armada-, con el respaldo determinante de Estados Unidos y el vociferante discurso del presidente Trump.

Lo curioso es que hoy todos están alarmados por la violencia que no sólo se desencadena periódicamente en el país del Norte, sino también en sus propios territorios. Cada vez es más frecuente ser testigos de manifestaciones de trabajadores descontentos por sus salarios, de jóvenes insatisfechos por la educación que reciben y el costo que deben pagar por ella, que a menudo deja a sus familias en un estado financiero crítico. También se producen acciones violentas de estudiantes, cuya razón no es explicitada.

Una duda recurrente es si estas protestas no son el producto de un sistema que obliga a estar constantemente compitiendo. Y, para lo cual, no todos cuentan con las herramientas adecuadas. Otros atribuyen el estado actual a manipulaciones que se realizan a través de medios de comunicación. Estas llevarían a un estado de apatía, o de franca rebelión ante la obvia intención de enmascarar una realidad que le es desfavorable a la mayoría de una clase media que, de pronto, es bajada de sitial y tiene que comenzar una nueva batalla que sólo recién consideraba ganada.

En fin, las explicaciones pueden ser muchas. Pero lo concreto es que los elementos de manipulación que el poder utiliza hoy no son nuevos. El miedo y el odio siguen siendo eficientes en un ser humano que no está preparado para soportar el manejo de tales sentimientos. Y lo más preocupante es que los resultados de los períodos en que tal accionar se exacerba no pueden ser exhibidos como un avance para la raza humana. Por el contrario, casi siempre han sido la demostración de una fragilidad que es utilizada para lograr espurios beneficios políticos para los sectores más conservadores de la sociedad.-

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