Texto:  Juan Emilio Herrera González   Periodista

1969: Recuerdos de Los Angeles

    Aquel paso lento de Neil Armstrong, que se posaba blandamente en la superficie lunar, el 21 de julio de 1969, lo vi desde mi casa feliz de calle Darío Barrueto, alucinado y deslumbrado ante el mundo nuevo que se nos abría…Era lento, también, el caminar de la gente por las calles somnolientas de Los Ángeles, Chile, en el ocaso de esa década genial de los 60.

   Eran tiempos nuevos y la víspera de transformaciones políticas y culturales que habían comenzado a gestarse en el Hemisferio Norte y que tarde o temprano habrían de repercutir en este territorio del fin del mundo. Y el paso de Armstrong –que miramos fascinados en nuestros televisores blanco y negro, hace 50 años— era todo un símbolo de los cambios espectaculares que estaban por venir.

   Pese a que se insinuaban en cada esquina los “signos de los tiempos”, nuestras calles provincianas conservaban un aire de tranquilidad y de inocencia. La agitación política y cultural que hallaba su génesis en París, Liverpool y Woodstock era todavía algo ajeno y lejano, que no llegaba a perturbar la tranquilidad angelina y apenas comenzaba a ser tema de conversación a la hora del té.

   Se respiraban aires apacibles y hasta de cordialidad en las calles y hogares de Santa María de Los Ángeles. Los sones de Los Beatles y de la Nueva Ola animaban fiestas estudiantiles y nos infundían alegría a los jóvenes angelinos, llenos de aspiraciones e ideales que no estaban exentos de ingenuidad.

   Ese 1969 marcaba también el Centenario de nuestro Liceo de Hombres, hito que celebramos con carros alegóricos, música coral, deportes y sana alegría; era, además, el momento sublime de graduarse de sus aulas (uno de los mejores liceos del país); y era el año en que tuve casualmente el raro privilegio de conocer la fábrica de las cápsulas Apollo 9 y 10–en un viaje estudiantil– hecho que agregaba un elemento muy personal a la emoción de presenciar aquella escena del alunizaje de la Apollo 11, patrimonio de la humanidad.

   El 21 de julio admirábamos la hazaña de Armstrong y el 25 fundábamos una asociación de jóvenes bajo el alero de la Cámara Junior, institución que soñaba con cambiar el mundo mediante proyectos que apuntaban al “desarrollo de la comunidad.” ¡Qué idealismo nos embargaba!…Eran tiempos en que podíamos caminar de noche por Valdivia o por Colón, sin temor alguno, y llegar a tocar la puerta de la familia Riquelme, donde la señora Sara Echeverría nos recibía con su cálida sonrisa maternal y un té  caliente con sopaipillas, luego de largas jornadas de trabajo y planificación de nuestra organización juvenil.

   A esos tiempos de Los Ángeles –y sus nobles personajes– hoy recuerdo con nostalgia. Y con mucha gratitud. En ellos se entremezclan escenas imborrables –como la de Armstrong– que, sin la menor duda, son el reflejo de una década genial.

 

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