VIOLENCIA  por  Wilson Tapia Villalobos

TEXTO: WILSON TAPIA VILLALOBOS

En estos días la violencia ocupa buena parte de los espacios de los medios de comunicación. No se trata de algo nuevo, ya que venía ocurriendo desde antes de que se desatara la pandemia. Y, curiosamente, era como una ola mundial que arreciaba las costas de todos los continentes. El enclaustramiento pareció frenarla, pero ha comenzado a resurgir dejando en claro que no era un estallido circunstancial, sino que obedece a causas profundas que han dañado gravemente la estructura social impuesta por el modelo económico imperante.

Por estos días, las autoridades nacionales forman un coro condenando la violencia, dejando en claro que se trata de actos delictuales que afectan la convivencia, creando situaciones dramáticas en vidas humanas, en la economía y en las perspectivas futuras de las distintas generaciones. Sin duda es así. La violencia es fuerza, impetuosidad, severidad, generalmente utilizada para conseguir un fin, para dominar a otro u otros e imponerse. Y en esta materia, la Humanidad tiene una larga trayectoria que marcan guerras mundiales, genocidios, en que el Estado aparece como una herramienta insustituible en su creación y ejecución. Pero allí no para la violencia. Se disemina también en los hogares, con violencia intrafamiliar, maltrato infantil. Y está, efectivamente, la acción de delincuentes que hacen de ella un modo de vida.

Por todo eso, la violencia es condenable. Pero no sólo la violencia de los desadaptados que rompen lo que encuentran. También lo es, y debiera serlo especialmente para las autoridades, la violencia que proviene de las instituciones, del sentir de la autoridad. De ese desconocimiento desvergonzado e irresponsable de la realidad que tienen que vivir los menos favorecidos por la mano que orienta la autoridad. Esa autoridad que se muestra sorprendida, dolida e indignada por la rotura de las veredas para agredir a carabineros que los repele, por el derribo de semáforos, de señalética de tránsito, por el ataque a negocios, tendría que hacerse cargo igualmente de la otra violencia. De esa violencia que sumerge a un porcentaje mayoritario de la población en el callejón oscuro y sin salida de la falta de futuro y con el hambre a cuesta.

Felipe Alessandri Vergara, alcalde de Santiago, se queja amargamente de los destrozos, del vandalismo y condena a los “terroristas urbanos” responsables de ello. Y no le encuentra sentido a tanta violencia. Efectivamente, la violencia no tiene sentido. El motivo de su explosión está más allá de la mesa en que se analizan las conductas humanas cuando se parte de premisas que más tienen que ver con la cuna propia y, por ello, del desconocimiento de variables que se encuentran fuera de un análisis marcado por los privilegios y una ideología excluyente. La violencia, toda, es condenable, pero jamás carece de sentido.

Si el alcalde Alessandri hurgara más allá, encontraría respuestas. Pero ello lo llevaría primero a reconocer otra realidad. Aquella en que están sumidos los más pobres. Y si insistiera en la búsqueda, debería asumir la responsabilidad de su clase social en las desigualdades en que se mueve el país y que fueron el origen de la multitudinaria manifestación de octubre del año pasado. La violencia que hay en ese estado de cosas, no se puede ocultar. El hambre es violencia, la falta de trabajo es violencia, la explotación es violencia, la salud de mala calidad es violencia, el verse obligado a carecer de educación de excelencia es violencia. Y todos esos factores no están presentes por casualidad, fueron establecidos por un sistema económico que ha sido defendido hasta por las armas por quienes, como el alcalde Alessandri, hoy se sorprenden de la violencia.

Es difícil pensar que una persona que tiene un origen y una educación como la del alcalde, ignore esta otra parte de la realidad. Más bien pareciera que se trata de una actitud cómoda y de poder. Pero si el señor Alessandri está donde está, se debe a sus electores o a los que prefieren los agasajos del hogar que molestarse en ir a votar.

En este estado de cosas, por acción u omisión, todos tienen su cuota de responsabilidad. El próximo 25 de octubre se verá la fuerza que posee cada una de las posiciones. Si triunfa el apruebo ¿será suficiente para realizar cambios profundos? No olvidemos que después del estallido social hasta hubo compromiso de parlamentarios para bajarse los sueldos y, con el correr de los días y el encierro, no pasó más allá de la promesa. Eso también es violencia, señor alcalde.

Todo ello hace pensar que resulta indispensable cambiar el sistema. Pero las barreras que habrá que derribar para ello son fuerte y numerosas. Hoy uno se pregunta: ¿Cuántos Covid 19 habría que superar?

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