“ Chillanejos, ¡ Se ha ido Rogelio ! ”

TEXTO: LEOPOLDO MARTIN RAMOS / ROGELIO DE LA FUENTE / MIGUEL ANGEL SAN MARTIN

“ Chillanejos, ¡Se ha ido Rogelio ”

Fue el título de una sentida crónica que publicó un dilecto amigo periodista: Miguel Ángel San Martín. Hace cinco años.

Rogelio fue muy mi amigo, como lo es Miguel Angel.

 Guardo con especial custodia una carta que recibí de Rogelio; en ella un texto que tituló : “Nebuco en “El Juglar”, en el cual rememoró andanzas de varios chillanejos y, fundamentalmente, de Antonio Acevedo Hernández.

 Tiene referencias a la formidable Revista HATUEY que editó el documento en sus páginas, del excelente creador y Director Miguel Angel San Martín.

 

Aquí ambos documentos:

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   NEBUCO EN “EL JUGLAR” 

Rogelio de la Fuente

(Desde México)

35 año 3 / número 41-42 / noviembre-diciembre 2008

“Voto por la defensa firme de Hatuey, descubridora y redescubridora del Chillán de siempre”

 

NEBUCO EN “EL JUGLAR”

Rogelio de la Fuente

(Desde México)

En Ciudad de México hay una librería que cobija desde siempre a lo que fue el exilio del ’73. Su propietario, un gran amigo de Chile y los chilenos, admirador de Salvador Allende y de la gesta del pueblo chileno, difusor del folklore de los Inti y Quilapayún, abre las puertas de su Juglar cada vez que los chilenos nos reunimos para mirar al sur.

Hace algunos años adquirió en Santiago parte de lo editado por don Carlos Nacimento, de manera que El Juglar además, nos ha dado la oportunidad de rehacer las bibliotecas interrumpidas, recuperando queridas y valiosas lecturas de antes, descubriendo otras, algunas de las cuales son inencontrables en el Chile mismo.

Hemos alimentado así, junto a las nutriciones del México profundo, la nacionalidad de la memoria, el latinoamericanismo de nuestra formación y la universalidad del exilio, haciendo del tiempo un camino transitable en las buenas compañías de Baldomero Lillo, Coloane, Volodia, Merino Reyes, Esther Matte, Víctor Domingo Silva, Sergio Hernández, Del Solar, la Bombal, Joaquín Edwards Bello, V. Pérez Rosales, González Vera, Latorre, Tellier, Roque E. Scarpa y una fila larga encabezada por la Mistral y el gran Pablo.

Cuando creí haber agotado las existencias sureñas de El Juglar, di con las “Memorias de un autor de teatro”, de don Antonio Acevedo Hernández, el viejo roble chillanejo que conocí de niño y vi solamente una vez, suficiente para no olvidarlo más.

Así fue el encuentro. Una tía mía, profesora primaria       “normalista”, escribió letras de tonadas, himnos y canciones, cuentos y obras de teatro infantil y adaptaciones teatrales de los cuentos de Wilde que se representaban en los actos de su escuela primaria.

Por eso era conocida y clienta obligada de don Pablo de Rokha y de don Antonio Acevedo Hernández, chillanejo que ensanchaba la excepcional caudal artística citadina y de otros escritores que pasaban a verla, a leerle sus escritos o a venderle sus obras recién editadas, a pulso, es decir financiadas por su propio y escuálido bolsillo. Cuando menos se pensaba, llamaban a la puerta y aparecía un hombronazo corpulento que recorría a sus clientes literarios ciudad por ciudad y casa por casa, en un carricoche de caballos rentado en la estación de los FFCC del Estado, con sus gemidos empastados y sus invocaciones de caudales wagnerianos, haciendo honor a la casa para arrasar con todo lo que estuviera encima de la mesa. Don Pablo, el otro grande Pablo, era de todo menos anoréxico y cada vez que comía, a diferencia de los románticos, criaba fuerzas para seguir tronando con su poesía invasora y sísmica, de mar a cordillera.

Otra vez me tocó la llegada de Acevedo Hernández. Yo lo vi más grande, más seco y más adusto, y con cabellera enmarañada como un dios rebelde, que me asustaba, impresión que ya no pude corroborar porque nunca volví a verlo en mi vida. Se sabía de su hazaña autodidacta y de su origen pobre y trabajoso, y del portentoso surgimiento de su vocación literaria y teatral, como un poderoso río interior que no hubo dique ni contrafuerte que lo detuviera.

Después de asistir en Chillán a la escuela, por única vez, unos tres años, había huido de la casa “por ser hombre y por saber” (según dicho campesino que aprendí de Panchito Benavente).

 Creció en la aventura de la intemperie y se tituló de carpintero que, con hambres de lectura, adquiría lo que su instinto le dictaba y su salario le permitía, hasta que después de Vargas Vila llegó al Quijote.

Se formó solo y sólo leyendo.

 En esa visita que presencié de niño, la tía y don Antonio conversaron largo sobre el histórico duelo del Mulato Taguada y don Javier de la Rosa, en tiempos de la colonia, que entonces Acevedo Hernández investigaba afanosamente.

 Así es que para él fue un regalo saber que la tía conocía la versión campesina desde la infancia en Nebuco donde viejos campesinos transmitían la tradición oral. Nebuco era en ese entonces una pequeña estación de ferrocarriles, a diez minutos de tren desde Chillán, la capital de la provincia, rodeada de pequeños y medianos predios agrícolas y uno que otro latifundio.

 Se organizó el viaje a Nebuco y a la mañana siguiente de ese verano partimos mi padre, la tía Corina y el viejo roble que no ocultaba su ansiedad por llegar en el lento tren matutino.

 Pronto estuvimos en Nebuco, caminando por la ribera sur del río Chillán, hasta llegar donde el tío Darío Sepúlveda (así lo llamábamos por algún parentesco lejano que nunca supe), en cuya casa estaba el viejo casi centenario, ciego y muy sordo, que recitaba el duelo poético popular.

 Era medio día y lo llevaron hasta el “corredor”, prolongación sombreada de la techumbre donde la familia tomaba el mate o el café en los veranos, o un vaso de tinto todo el año. Los amigos se guarecían de la lluvia y del sol y, acomodado en un sillón de mimbre, el viejo comenzó a recitar la versión de la tradición oral campesina, mientras don Antonio escribía velozmente. A gritos lo hacía repetir lo que no se entendía bien, que no era poco, pero el anciano a cada corrección tenía que volver al comienzo y la jornada fue para mi aburridísima e interminable. Por fin, después de un rico plato de cazuela de ave, criada en el campo con trigo puro y sin harina de pescado, de invento posterior, regresamos a Chillán.

 No sé cuánto de lo visto, oído y anotado en Nebuco está recogido en la versión de su libro posterior sobre el duelo entre el Mulato Taguada y Don Javier de la Rosa.

 Nunca volví a verlo, pero lo leí y supe de su afanosa vida, todo un monumento obrero de la mágica ruta autodidacta y, ahora, tantos años después, cuando ya empiezan olvidos y jubilaciones, me lo encuentro con sus “Memorias de un autor teatral” pleno de peripecias humanas y literarias del carpintero que escribía teatro en una verdadera odisea, de lecciones humanas literarias y morales.

 Lo encuentro en El Juglar…han pasado muchas castañas con sus húmedos inviernos, pero don Antonio está igualito, no ha cambiado, es chileno carpintero con alma de canelo.

 Me detengo y lo saludo, le recuerdo a la tía Corina y la excursión aquella y me responde invitándome a dar una vueltecita por Nebuco. Partimos. De allá vengo llegando.

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151009 CRÓNICA CHILLAN  

Viernes 9 de octubre de 2015

 

Miguel Ángel San Martín

Periodista

 

Chillanejos, ¡Se ha ido Rogelio

 Chillanejos, ¡se ha ido Rogelio de la Fuente!. Ha fallecido en su segunda patria, México, suspirando por la primera, Chile. Los vientos de Ñuble nos soplan distinto en estos días, porque uno de los grandes de nuestra tierra ha cerrado los ojos y ha emprendido el vuelo de los justos hacia el jardín del Edén.

 Chillanejos, ¡Se ha ido Rogelio!, uno de los reconocidos médicos de los pobres, de los ciudadanos humildes, de los necesitados. Nació aquí y aquí se desarrolló, con la sensibilidad social a flor de piel, con la consecuencia de su accionar permanente, con la verdad como bandera. Nació chillanejo, estudio en la Escuela 1, -hoy Juan Madrid- y en el Liceo de Hombres –hoy Narciso Tondreau-. Fue Presidente de la Federación de Estudiantes de Ñuble, demostrando su tremenda capacidad oratoria, su información sólida desde joven y, sobre todo, su convicción política socialista. Luego saltó a la U, para estudiar medicina. Pero, además de obtener su título en forma brillante, se entusiasmó con la investigación y se desarrolló en aquella faceta a pesar de su juventud.

 Obtuvo numerosos reconocimientos de sus pares. Sin embargo, eso no le preocupó demasiado. Por eso se vino a Chillán y ejerció la medicina con apellido, la medicina social. A poco andar le llegó mi hermano Raúl, como refuerzo en tarea tan silenciosa como noble. Y se convirtieron en médicos hermanos. En marzo de 1973, fue elegido diputado al obtener 18.453 votos. O sea, el 22.42% de los electores ñublensinos votaron por él y lo elevaron a las instancias legislativas. Pero no pudo cumplir con quienes le confiaron sus ilusiones, porque debió asilarse tras el golpe de estado. Y en octubre de 1973 salió al exilio, hacia el México de sus amores, donde también sembró sus genialidades y desde donde no pudo regresar más.

 Hombre con ideas brillantes, con acciones consecuentes, hermano más que amigo, vino algunas veces por aquí “para arreglar papeles”, nos decía … Pero, nosotros sabíamos que venía a oxigenarse de amor por su tierra, y a oxigenarnos del Rogelio de los afectos. Porque él nos necesitaba y nosotros a él. Hoy en Chillán lloramos en silencio por su partida lejana en la geografía y cercana en el corazón. Y llora Chillán porque no le olvida. Ni le olvidó jamás. ¿Cómo olvidar a hombres tan comprometidos, tan generosos, tan destacados…? Galenos que le dieron lustre a su profesión. Y que prestigiaron a la tierra que les vio nacer y donde hoy germinan también silenciosos, los frutos sembrados.

 

 

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