DOS DÍAS DESPUÉS por Wilson Tapia Villalobos


TEXTO: WILSON TAPIA VILLALOBOS

DOS DÍAS DESPUÉS

Wilson Tapia Villalobos

Ver a tantos enmascarados haciendo fila a la espera de votar me resultó emocionante. Eran mujeres y hombres que querían cambiar el rumbo de la vida de su país, de su tierra, la de sus hijos, nietos, hermanos y hermanas, para darle un futuro más justo, más cercano a lo que debe ser la Humanidad. Y como es ya habitual entre chilenos, aguardaban tranquilos el momento de votar. A su lado pasaban minusválidos, ancianos que no podían esperar.

En ese momento se me vino a la mente una frase apócrifa, pero que, con justicia, podría haberla pronunciado el Don Quijote de Cervantes: “Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es locura ni utopía, es sólo justicia”

Al final, el recuento de los votos fue categórico y sorprendió a muchos que esperábamos el triunfo, pero no la contundencia con que cayeron las cifras. Cerca del 80% aprobó cambiar la Constitución Política y que la nueva Carta Magna la escribieran representantes elegidos especialmente para cumplir con ese objetivo.

Ahora, lo que viene será un proceso largo y no exento de dificultades. Muchos querrán verse representados entre quienes aporten a la estructura que sostendrá el escrito que regirá nuestro destino. Y, con certeza, todos esgrimirán argumentos valederos en apoyo a sus aspiraciones. Allí estallarán las tensiones, con un agregado que aporta la nueva realidad: Chile no es el mismo de Allende, de la dictadura, ni el que zafó del yugo que nos oprimía. Esos parámetros han desaparecido. Aquellos dirigentes no cuentan con apoyo ciudadano. Ni la política de aquel tiempo, ni los Partidos que engendró, tienen el reconocimiento de entonces. Este es otro Chile, y habrá que construir estructuras adecuadas a esa realidad. Un desafío complejo.

Cuando el chileno medio aborda este tema, generalmente lo hace desde lo emocional. Pero más vale que se entienda que la emoción tiene poco que ver con la política, con ese “arte de hacer posible la vida en sociedad”. Frecuentemente, la emoción no alcanza los grados de eficiencia que se necesitan para resolver los problemas sociales. Sobre todo, si el modelo que impera en aquella sociedad pone a la economía en un primer plano, como ocurre entre nosotros. Y mientras eso no cambie, seguiremos tranzando con la injusticia, con el hambre, con la pobreza, en un realidad que cada día mostrará que quien maneja el poder económico se impone por sobre la razón de las peticiones de los que poco o nada tienen.

Sin embargo, la historia de la Humanidad muestra que los cambios de paradigmas son la esperanza. Así se producen los avances, pese al dolor que conlleva la violencia que, generalmente, proviene con mayor furor y fuerza de quienes detentan el poder que se niegan a ceder.

Lo que está ocurriendo entre nosotros es sólo un avance de lo que pasará en todo el mundo. Así aseguran, desde hace años, grupos esotéricos, pensamiento que ahora han comenzado a compartir expertos en política. Incluso, astrólogos afirman que hoy el cosmos muestra la misma conjunción planetaria que acompañó los años de la Revolución Francesa.

Independiente de predicciones y análisis de sesudos especialistas, la realidad que nos ha tocado vivir parece estar convulsionada por fuerzas ciclópeas. En este mismo escenario aparece una pandemia que obliga a retomar un caminar mesurado, bajo la amenaza de una muerte provocada por un virus que aún no puede ser combatido por una vacuna. ¿Son las coincidencias entre las que avanza la historia?

Lo ocurrido el 25 de octubre en Chile es sólo un eslabón -¿el primero?- de una cadena cuya extensión desconocemos. Pero lo que sí sabemos, porque lo hemos vivido, es que ningún avance que no tenga el visto bueno de quienes manejan el poder está exento de violencia. La mentalidad de las instituciones que tienen las armas se identifica con la mirada conservadora. Porque de allí nacieron. Y la historia muestra que las manos que manejan esas armas no dudan en apretar el gatillo. Incluso, son capaces de crear el ambiente para facilitar aquello. Como ocurrió recientemente con la historia de “la guerra” en que se debatía el país, según las expresiones del presidente Sebastián Piñera, que no eran el resultado de su análisis, sino la versión de equipos de inteligencia militar. Convencieron al Presidente que miles de revolucionarios venezolanos, camuflados como exiliados, habían llegado hasta nuestras costas para, con la ayuda de Cuba y el respaldo del presidente Nicolás Maduro, iniciar la revolución chilena. Por fortuna se impuso la cordura y rápidamente Piñera debió cambiar su discurso. La guerra estaba lejos.

Este es el país en que vivimos. Acabamos de subir otro escalón de nuestra historia. La Constitución del dictador quedará como un mal recuerdo. Son las brisas nuevas las que la aventarán. La política tradicional no fue capaz de hacerlo. Y en ello se encuentran incluidos cinco gobiernos progresistas -Patricio Aylwin, Eduardo Frei, Ricardo Lagos, y Michelle Bachelet en dos períodos.

Cada generación a la que le correspondió vivir un cambio paradigmático fue testigo de algo excepcional. Eso es lo que ha ocurrido ahora en Chile.

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