Brighton con B de Beso

bego (1)

Texto de  Begoña Zabala Aguirre

 

richard_iii_1955_film_richard_woos_lady_anne

 

Brighton es una ciudad única dentro de lo especial que de por sí es Inglaterra.

Paseando por la playa de cantos rodados junto al Pier romántico la imaginación me ha llevado a revivir incontables historias.

Recuerdo a John Le Carré y su Espía Perfecto en el propio escenario.

Pienso en Harold Pinter, el apasionado Teniente Francés, en Oscar Wilde que paseó alguna vez por donde sigo su huella.

 

Todo depende del capricho de la mar para que los estados anímicos afloren se sumerjan o revoloteen con el viento que agita las aguas del Canal de la Mancha. Nunca hay prisa aquí, sorprende el sosiego como si nadie tuviera que trabajar. Una orquesta de mil colores improvisa el Swing frente al Teatro Real. Parejas de todo tipo y tendencia bailan en la calle porque lo pide el cuerpo, porque les apetece, porque los pies se van solos

 

En este país se llama The Operating Theatre a un quirófano; razón suficiente para enamorarse de una cultura que ama con pasión a sus artistas.

Los autobuses de toda la vida también están bautizados con nombres legendarios de actores, escritores, poetas, pintores, músicos que siempre presentes en el cotidiano vivir de esta isla apasionante. En Brighton dicen Cheers! en lugar del consabido Thank you! Parecerá nada pero hace toda la diferencia.

 

Aquí se hace cola larga para entrar al teatro aunque el tiempo inclemente y los aguaceros sean cortinas de agua. Ni siquiera sacan el paraguas. Da la Impresión de que únicamente sirve como accesorio folclórico. Lo viví cuando tenía quince años y salía a mojarme al jardín de mi casa en Wimbledon, como todo el mundo. Los británicos son históricamente estoicos y se calan hasta los huesos con la sonrisa en los labios como la cosa más natural del mundo mientras las gotas resbalan libres y a cántaros por rostros y cuerpos.

Se empapan pero también eso lo hacen con estilo.

Fundamental el estilo, fundamental.

Y quizá sean imperialistas, monárquicos trasnochados.

Seguramente todo eso.

Pero tienen el buen gusto de parecer todo lo contrario.

A veces, sólo a veces, se agradece la mentira enmascarada de bellas palabras y hermosos gestos.

Es casi un placen que te manden a freír espárragos con la voz impostada una octava más baja que el común de los mortales y que defiendan aparentes banalidades con la misma vehemencia que Sir Lancelot defendería a muerte a Lady Guinevere.

 

En Brighton brillan por su ausencia los grandes centros comerciales. Hay uno pequeño, Churchill Square, en medio de la ciudad a dos pasos de la mar.

Em Churchill Square confluyen The Lanes, diminutas calles repletas de tabernas, tiendas chiquitas y apetitosas. La gente se viste como prefiere y le apetece. El atuendo en disonancia con la edad o la moda importa un bledo. No se nota el consumismo. Debe de haberlo pero no se ve por mucho que se mire. La gente va sin prisa, paseando diría yo.

No hay bocinazos por la calle ni gritos de conductores destemplados sacando la cabezota por la ventanilla vociferando groserías a punto de infarto o de asesinato contra desdichado peatón que ha tardado una milésima de segundo en cruzar despavorido el paso de cebra.

 

Hay también aquí una sala de cine que sigue en pie tal cual se inauguró en el año 1910. Es una verdadera joya de la corona. Se llama Duke od York´s Picturehouse. Podría pasar el día viendo película tras película por el placer de saber que otras cinematográficas posaderas semejantes a las mías se sentaron a principios del siglo XX entre sedas y terciopelos y que pasaban allí felices las horas muertas.

Ahora es una sala de arte y ensayo, la más antigua de Inglaterra y se ven películas, no se comen palomitas.

Hay dos cafés miniatura dentro del edificio antiquísimo.

Su programación de lujo privilegia las producciones inglesas.

Ir al cine sigue siendo un ritual noble.

El patio de butacas continúa tapizado de terciopelo azul real y sus paredes a juego del mejor brocado. No hay posavasos para la Coca-Cola. Naturalmente se ignora esa pócima y nadie se sienta a rumiar.

El sonido estupendo. Se sale con las vísceras en su sitio y con los tímpanos enteros.

The Duke of York´s Picturehouse sobrevive en una época en que cualquier promotor inmobiliario, de los que abundan como la mala hierba, consideraría seguramente que es una catastrófica pérdida de espacio y de dinero seguir manteniendo el fin para el que fue construido y conservado con mimo desde hace más de cien años.

 

Brighton está hecho con B de Beso. Curiosa por naturaleza miro detrás de las gafas de sol para no herir susceptibilidades. Miro a mi antojo sin ser vista, todo, lo prohibido y lo sacro, like a Peeping Tom!

 

And at last but not the least, recuerdo una de las escenas más eróticas y perversas que he visto y que corresponde a la imagen que acompaña este recuerdo.

Me solivianta y sigue inquietándome el pensamiento.

 

 

 

 Laurence Olivier, Baron Olivier of Brighton, in full Laurence Kerr Olivier, also called (1947–70) Sir Laurence Olivier    (born May 22, 1907, DorkingSurrey, Eng.—died July 11, 1989, near London), a towering figure of the British stage and screen, acclaimed in his lifetime as the greatest English-speaking actor of the 20th century. He was the first member of his profession to be elevated to a life peerage.

 

You may also like...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *