
Una tarde me decidí y fui a conocerla. Su madre era la poeta María Cristina Menares, autora de Pluma de nidal lejano, La estrella en el agua, Raíz eterna, Lunita Nueva, La rosa libre, Cantos de patria o muerte y Onírico vuelo a Rapa Nui, quien además había sido diplomática, con misiones en Perú, Argentina y Guatemala.

María Cristina— una mujer joven todavía, alta, delgada, de inmensos y alegres ojos de color marrón—me abrazó con calidez y me pidió que la tuteara. “ Dime Cristina o Cristi. No soporto el señora o tía.” Así nació una profunda amistad que para mí era un privilegio. María Cristina Menares era un ser nutritivo, acogedor y generoso. Leyó mis textos con interés. Me dio su calificada opinión. Fui su invitada de honor a numerosas tertulias, donde conocí a otras poetas, sus inseparables amigas y compañeras de ruta, como Escilda Grebe, Ester Matte, Carmen Abalos y Blanca Luz Brum.
Nacida bajo el signo de Libra, en la ciudad de la Serena—fue madre de dos hijas : Rita y Carlota-Lottie—de su primer matrimonio con el ingeniero peruano Jorge Góngora Montalbán, quien murió mucho antes que ella, en la ciudad de Lima.
Adoró a su padre, próspero empresario, quien le dejó bienes suficientes para vivir decorosamente dedicada a su trabajo creativo. Vivió siempre en uno de los departamentos que había heredado, en la calle Huérfanos a la altura del 700, en pleno centro de la ciudad. “ No me iría nunca de acá. Estoy acostumbrada. Tengo todo cerca. Puedo caminar,” respondía a la petición de sus hijas de irse a vivir con ellas. Su espíritu libertario y afán de independencia era admirable. Sólo fue trasladada a un hogar de ancianos, en los últimos años.
Pasé tardes inolvidables, veladas literarias, compartiendo poesía, confidencias, enseñanzas con esta eminente poeta, que supo mostrar facetas de gran contenido y protesta social como Cantos de patria o muerte. O lirismo exquisito, una ternura infinita en Pluma de nidal lejano o La estrella en el agua.
Pero el rasgo más notable de su carácter era su pícardia alegre y su ánimo juvenil, casi infantil. Tenía un gran sentido del humor y era transparente. Era extremista en sus afectos, como los
niños. O amaba profunda y lealmente o...Pero no era rencorosa. A un mal recuerdo, le seguía un buen chiste. También destacaba su coquetería, que se traducía en un cuidado por la buena alimentación y la elegancia en el vestir. Para mantenerse esbelta—odiaba los gimnasios—se hacía dar masajes regularmente. 
Tenía una especial afinidad con los jóvenes; con los amigos y amigas de sus hijas, especialmente de Rita, con quien existía una gran amistad. Yo fui como otra hija más.
Mi padre Agustín ( QPD) de profesión ingeniero agrónomo y forestal varios años más tarde-- debió trasladarse al sur-- para instalar la primera fábrica impregnadora de madera del país. Fue el caos para la familia, pues todos estudiábamos en la Universidad. Ella me ofreció su casa, porque en esa época no era bien visto que una joven decente viviera sola...
Tuve así la inmensa suerte de compartir con una gran escritora y con una mujer sensible, cultísima, solidaria, generosa, alegre, quien fue la primera persona que me habló de esoterismo y espiritualidad. Era una gran estudiosa de la Astrología. Investigaba apasionadamente en textos antiguos.
De refinado gusto, María Cristina sabía de pintura, música y le encantaba la decoración. Buscaba en el Mercado Persa grabados y litografías que enmarcaba con acierto y hacía lucir en regalos originales para sus amistades y familiares.
Recuerdo con especial cariño los almuerzos dominicales cuando cocinaba para Rita y para mí-- carne asada con ensaladas-- como un gesto de gran afecto, pues no le gustaba la cocina.
Hace unos años – aún yo vivía en Venezuela—fui a visitarla y le llevé un ejemplar de mi libro de relatos Cuentos de mujeres sólo para hombres. Se alegró por la publicación, pero recuerdo su sentencia “ Tú eres una poeta. Esa es una condición especial. No te traiciones. Cualquiera puede escribir cuentos”.
Nacida en 1914, pronto cumpliría 100 años, conservando intacta la frescura de la niñez-- don que supo cultivar con la misma pasión que la hizo escribir una poesía inmortal—que como ocurre con todos nuestros grandes, no somos capaces de reconocer en vida y en nuestra patria. Para seguir con esa tradición, María Cristina Menares -- esa niña de 98 años--sólo fue despedida por sus pares y la familia. Su obra de gran versatilidad y valía creativa así como su su maravillosa condición humana ameritan un reconocimiento a nivel nacional. Paz a sus restos...
• Sofía Cáceres Bravo es periodista y escritora , firma sus libros como Sofía Toro.








