Radio Arcoiris

ATERRIZAJE FORZOSO por  Wilson Tapia Villalobos

Texto:  Wilson Tapia Villalobos

ATERRIZAJE FORZOSO

 

A veces el silencio lo dice todo. La ausencia de voces políticas para explicar lo que ocurría en las calles de Santiago entre el viernes 18 y sábado 19 de octubre, fue una demostración de ello. Las manifestaciones populares iban por una senda diferente a la que transitan quienes pretenden ser líderes de opinión y dirigentes del pueblo chileno. Hoy ya empiezan a recuperar la palabra, pero es evidente que tendrán que hacerlo con mucha prudencia, si es que no quieren que resulte evidente, una vez más, la distancia que existe entre ellos y quienes pretenden representar.

 

Parece que hoy está claro que esa separación es muy real. Cuando los primeros son ungidos al Palacio de Gobierno, al Parlamento, o a los estratos del poder administrativo, experimentan una mutación que los hace saltar de su condición de líderes a una especie de limbo en que habitan los privilegiados. Allí donde están los pocos favorecidos por la fortuna. Comienzan a asumir actitudes, tonos de voz, se engalanan con vestimentas que les eran ajenas, se creen habitantes de otro mundo. Y sus juicios resuenan lejanos y con los ecos de grandilocuentes diatribas.

 Hasta hace poco, esos líderes nos hablaban del milagro chileno. El ministro de Hacienda, Felipe Larraín Bascuñán, presentaba el resultado de cuentas que hoy parecen alegres. Pese a la guerra comercial entre Estados Unidos y China, que provoca tensiones en la economía mundial -sostenía-, Chile crecerá levemente por sobre el 3%. El Banco Central era un poco más prudente, pero Larraín tenía el respaldo del Fondo Monetario Internacional, que pronosticaba para Chile un 3,2% de crecimiento, en 2019.

 Algo de esto era lo que hacía que el presidente Sebastián Piñera dijera que “Chile es un verdadero oasis. Argentina y Paraguay están en recesión; México y Brasil, estancados; Bolivia y Perú, con una crisis política profunda; Colombia, con el resurgimiento de las FARC y las guerrillas”. Y advertía que aquí hay una “democracia estable, el país creciendo. Estamos -decía- creando 170 mil empleos al año y el (nivel del) salario mejorando. Hay crecimiento económico”.

 Muchos eran los compatriotas que creían en el milagro chileno. En esta especie de religiosa exaltación, caían moros, cristianos, laicos, píos, ateos, librepensadores. Porque no había que olvidar que Chile fue, bajo la dictadura cívico militar encabezada por el general Pinochet, el laboratorio mundial del neoliberalismo. Y la estructura básica que se creó en aquel entonces sigue hasta hoy operando, pese a que ha habido cinco administraciones que integró el progresismo nacional. Los equipos que gobernaron en aquellos momentos estuvieron compuestos hasta por militantes del Partido Comunista, además de una considerable cuota de socialistas y del infaltable centro democratacristiano y radical. En todo ese período, especialmente aquí, se habló del “milagro” chileno. Para avalar tal conceptualización, se mostraban los adelantos en vialidad, en servicios para la comunidad, como el transporte urbano, en que el Metro de Santiago y Valparaíso eran monedas de justo orgullo. Estaban las deudas en educación pública, en salud, en vivienda, pero se las minimizaba pese a las protestas de los directamente perjudicados: las clases más pobres.

 

Para muchos estaba claro que la burbuja tenía que explotar. Sobre todo si se consideraba que el costo de la vida subía a tasas muchos mayores que las que detectaba el Instituto Nacional de Estadísticas (INE). Un trabajo realizado con mucha acuciosidad, pero partiendo de bases erradas, al darle a la canasta popular una connotación que no se podía identificar con la realidad.

 Pese a todo, la mayoría parecía coincidir en que las cosas marchaban. No con la celeridad esperada para resolver inequidades históricas, pero se avanzaba. Sin embargo, la dirigencia chilena y los analistas estaban cometiendo un grave error. Chile no era un oasis democrático, ni su pueblo, pese a las encuestas de opinión, era feliz.

 Hoy ya los políticos han sacado la voz. Tratan de explicar lo ocurrido acudiendo a las mismas disquisiciones de antaño. Es cierto que gran parte de lo ocurrido obedece a un malestar larvado. También es cierto que posiblemente el alza abusiva de los servicios públicos haya servido de detonante. Pero sería lamentable que no se consideraran otros elementos que jamás son tomados en cuenta: el descrédito de la clase dirigente, que no representa a la base. Y eso demuestra el por qué el pueblo chileno no utiliza los mecanismos que le entrega la democracia. Sólo un 40% del electorado vota. Una porción similar de víctimas recurre a los organismos estatales en busca de solución a los atropellos de que han sido objeto. Pocos creen en los anuncios oficiales y ya los programas de gobierno no existen.

La prueba más reciente de ello son las vacías declaraciones hechas por el presidente de la República y por su ministro del Interior, que apareció en TV acompañado de su subsecretario y de su colega de Defensa. Reacciones tardías y vanas. Parecían hablar de otro país y de una situación diferente. Seguramente Piñera creía que el problema se resolvía con dejar las tarifas del Metro en el valor antiguo y entregar el gobierno de la ciudad a los militares Estaba equivocado.

 Los problemas que vivimos parecen ser sólo el inicio de una nueva etapa, aún no estructurada. Pero quienes tendrán que darle la forma final y elaborar su manejo pertenecerán a una generación de dirigentes distinta.

Seguramente, los tiempos que vienen no serán fáciles.

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