TEXTO: CIRO EDGARDO VARGAS MELLADO
DIAS DE RADIO
Por CIRO VARGAS MELLADO

Nos llamaban (y nos agradaba) “Los tres mosqueteros”, Éramos tres y lo fuimos por muchos años. Lautaro Vergara, Oscar Donoso y Ciro Vargas eran los animadores de esos días de radio. Lejanos ya, muy lejanos, pero muy próximos en la memoria. También en el recuerdo de mucha gente de la época. Así lo expresan, cuando se da el caso.
Lautaro Vergara venía del mundo del trabajo. Nosotros, del estudio. Nos había juntado el Liceo de Hombres, donde fuimos compañeros de curso. Los tres poseíamos la vitalidad, la alegría y el entusiasmo propio de la juventud. Éramos algo así como los dueños del mundo. Así nos sentíamos. Y eso lo transmitíamos a través de los micrófonos de CC 133 Radio la Discusión de Chillán, teléfono 462. Era el tiempo y la edad en que el día no tenía horas. Se juntaban, casi, las madrugadas. Buena parte de la noche pertenecía a las canchas de palitroque del Club Comercial.
También existía Radio Ñuble. Pero para nosotros sólo existía La Discusión. Ahí estaba centrado todo nuestro amor. Me parece que no había espacio para otros amores … en ese tiempo. No. No es verdad. Ya por entonces Lautaro Vergara comenzaba a hacerle guiños a la política y Oscar Donoso emergía como “El chiche de las niñas”, algún grado de envidia del tercer Mosquetero. Pero también Donoso amaba a Bing Crosby. Había creado un club de seguidores del cantante estadounidense y transmitía un programa diario con sus discos y usaba como característica una bella canción que tenía por título “ Donde el azul de la noche se encuentra con el oro del día”, o algo parecido.
Alejandro Valenzuela, Alex, era el hombre de las “perillas”. Las manejaba con habilidad y cariño. Y cuidaba los frágiles y pesados discos. Eran años de radioteatro también, en que los pasos y carreras de los caballos eran simulados con dos trozos de calabazos y el crepitar del fuego, retorciendo trozos de papel celofán. Los balazos (muy frecuentes ), con elementos que nunca producían el sonido parecido a un disparo.
Alex alternaba responsabilidades en el control con Raúl Quezada, “el Pichón”. Quedó con ese apodo (después casi nadie se acordó del propio), porque Benjamín Velasco Reyes, Quico, lo llamaba “Pichón de poeta”. Quico lo era, Pichón era casi un niño entonces. Trabajaba en la radio por la noche, luego que terminaba sus labores en Los Dos Cuyanos, una tienda importante que ocupaba la esquina de Constitución y Arauco, frente a la Plaza de Armas. Pichón sustraía allí inocentes mercancías que algún mosquetero le compraba (una boina vasca, por ejemplo).
La voz de Ema Rodríguez apareció por entonces en el dial. Fue, parece, la primera voz femenina que se escuchó en una radio chillaneja. Su simpatía robó el corazón de más de un mosquetero. Ella fue quién sugirió el nombre de un programa nocturno que chorreaba romanticismo: “Tú, la música y la noche”. Tuvo repercusión (el programa) incluso en la prensa santiaguina. “Ecran” escribió: “El romántico Ciro es el autor que yo admiro”. Con ese título acogió una carta de un auditor que denunció que, en Talca, se estaba transmitiendo el mismo romántico espacio. Claro, alguien había obtenido los libretos …
UN MAGO
Octavio Donoso, hermano de Oscar, era el mago que tenía en su mano – así lo considerábamos – la varita mágica para resolver todos los problemas técnicos de la emisora. Allí estaba siempre, en su taller con herramientas y aparatos de radio de todas las épocas y tamaños. Uniendo cables y cambiando tubos lograba lo que parecía, realmente, mágico. Por esos años llegó de su mano una grabadora en alambre (precursor bastante lejana de la cinta y el casete) que produjo el “milagro” de recoger la voz en un hilo de acero. Con ella se realizó el primer reportaje grabado en la Plaza del Mercado. Muchos metros de cable debió tender Octavio para posibilitar la aproximación a los entrevistados. Pero se logró. Y esa máquina con su rollo de alambre acerado fue la regalona – casi la joya – durante mucho tiempo.
Eran años en que – parece – Octavio Donoso era el único que podía arreglar, cambiando tubos, los enormes radiorreceptores y que lograba que la radio La Discusión saliera al aire. Periódicamente, llegaba desde Santiago, para revisar los equipos de la planta transmisora, el ingeniero Pedro del Campo, que era recibido con verdadera unción. Su palabra era la Biblia técnica.
Allí, en el taller del “mago”, entre respetables radios RCA, Telefunken y Saba por componer; cajas, cables, tubos y cordones, se ensayaba el radioteatro. Ese lugar era, también, para el laboratorio de sonidos.
Eran días y noches de radio. A las 8 de la mañana se iniciaban las transmisiones, que se prolongaban hasta las 23 horas. A las 8 se leían las noticias que aparecían en El Mercurio del día anterior. Eran días de guerra. Y las noticias eran noticias de guerra y de muerte. Después, hasta las 9 de la noche, todo era música y la publicidad de Sydney Ross y sus píldoras “chiquitas pero cumplidoras”, y Mejoral, “mejor que mejor”, y la leche de Magnesia Philips, y los Cuatro Ases, la Casa Francesa, y la Casa Hojas … A las 9 aparecían de nuevo las noticias al compás y al ritmo de la polea Trich Trach, de Strauss. Con voz solemne, como siempre fue, Lautaro Vergara hacía la entrega noticiosa. Del mismo Mercurio del día anterior.
Y eran tiempos de radio también del otro lado de la cordillera. LR1 y LRX, Radio El Mundo de Buenos Aires repetía “ Teje la madre hacendosa con lanas la religiosa” y “El tiempo pasa, la ropa queda, si es de Roveda”. Eran tiempos de publicidad rimada en el país vecino. Radio Belgrano competía en sintonía con el Mundo por estos lados y esos tiempos.
VINAY
Viñay hizo lo que nunca se había logrado. Radios La Discusión y Ñuble unieron sus ondas para transmitir el recital que, en su primera visita a Chillán siendo famoso, ofreció el cantante en el Teatro Central. La sala estaba repleta y fue necesario instalar altoparlantes en la fachada del teatro para que el público apostado afuera oyera cantar al chillanejo internacional. Clarita Stock le acompañó. Fue un acontecimiento, no sólo artístico. También radial. Las dos emisoras de la ciudad, olvidando por un momento sus rivalidades, transmitieron en cadena el acontecimiento. Vinay había hecho el milagro.
Y no fue el único. Hizo que la ciudad toda vibrara emocionada con su simpatía y encanto personal. Como nunca Chillán estuvo más expresivo. Antes de su visita eran pocos los chillanejos que sabían de la existencia de este hombre que cantaba tan lindo y que había hecho de Otello su mayor creación, celebrada en el mundo entero. Y ahí estaba ahora el artista robándole el corazón y el afecto a la población de la ciudad.
Y fue radio La Discusión. ¡Gran orgullo! Solo a La Discusión. Allí no cantó. Pero encantó. Oscar Donoso y Ciro Vargas fueron los entrevistadores. ¡Qué emoción! ¡Qué felicidad! … Elena Acuña observaba, sorprendida. También lo hacía, desde fuera del estudio, Antonio Acevedo Hernández (por esos días en Chillán). Al término comentó, dirigiéndose a Vargas: “Te robaste la película, cabro”.
Vinay volvió a visitar Chillán después, pero no fue lo mismo.
MUJERES
Magdalena Bocaz, Ema Rodríguez, Lucía Quitner, Elena Acuña fueron algunas de las voces femeninas que animaron esos días ( y noches ) de radio. Elena Acuña fue la que brilló más tiempo. Por más años. Hasta que se fue a Santiago y de ahí al mundo. Dejó su huella en Chillán pero sus restos quedaron en Cuba.
Fueron mujeres que desafiaron, en alguna medida, los prejuicios chillanejos. Trabajar en radio era poco menos que hacerlo en el teatro. Sobre todo en este último, donde había que hacerlo de noche. Ramona Aravena desafió más que nadie la pacatería chillaneja. Junto a Juan Pérez Berrocal animó durante largo tiempo un programa radial. Había pasado a reemplazar en el micrófono a Clarita del Castillo, la esposa del veterano actor y dramaturgo. Mucho aportó Ramona a la vida artística chillaneja.
Pero otras mujeres – de otra manera – tuvieron presencia, aunque más ocasional, en la radio de esos años. Sus voces y sus guitarras hicieron vibrar el micrófono con tonadas, cuecas y otros aires del folklore nacional, muchos de ellos originales y otros recogidos en el campo de Ñuble. Elena Carrasco, “ la Criollita”, Amanda y Elsa Acuña “Las Caracolitos”, eran nombres familiares para la gente de la ciudad y la región. El acetato guardó algunas de sus interpretaciones. Otra Elena registraba su nombre en el quehacer radial de la época. Elena Parodi, la “señora del puro”. Ella, con su inseparable habano entre labios, sacaba como mejor podía, los acordes del noble y sufrido piano de la radio, para acompañar a los cantantes o conjuntos musicales que llegaban a la emisora. Por la noche, hacía otro tanto a veces en el “Salón Olimpia”, lugar de aterrizaje de la bohemia chillaneja por muchos años.
Todas ellas, y por todo lo anterior, merecen el cariñoso recuerdo de la gente de esos días de radio.
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