Texto: Begoña Zabala Aguirre https://www.facebook.com/BegoBego?fref=nf
Esta mañana nublada de Montreal es de azul cobalto.
La memoria parpadea entre dos polos distintos.
Recuerdo que una vez en Chile anduve de fiesta en funeral, de encantamiento en atraganto, durante muchos meses. Cosas raras que pasan. Hasta que al fin llegó un día sereno off, off, off Santiago. Más más al sur, mucho más al sur.
En Las Nieves.
Allí conocí caminos secretos que conducen a los Andes y bebí el agua sagrada en su vertiente.
Abajo, el asfalto a lo largo y a lo ancho de su kilométrica tumba amordaza la música del viento.
Las Nieves conservaba aun las raíces de un hombre no afectado por el medrar febril. Él me llevó a la acequia de su infancia. A su tierra. A sus lares. Juntos escuchamos el concierto de los grillos y me besó en los labios a la sombra del castaño que había plantado junto a su padre hacía mucho tiempo.
Quedará en mí para siempre la transparencia de aquellas horas, la plenitud prolongada. Su aroma.
Amaneciendo, con un pañuelo en alto revoloteando, el hombre de trigo me invitó a bailar una cueca en la hierba.
Descalza volé a su encuentro.
Luego nos hundimos entre las espigas.
Al llegar a Santiago, en medio del trafico y de la noche, un niño descalzo de apenas ocho años cronológicos con ojos de muerte milenaria, estaba pidiendo algo con la mano extendida; unos pesos, lo que fuera, para comprar Neopreno.
Recuerdo el color del smog, la viscosidad del aire, mi vergüenza fugaz en comparación a la vergüenza de aquella mirada de pobreza sórdida, cósmica, descarnada como la lepra, condenada a reciclarse.
Anoche tuve un sueño sin cortes; editado de principio a fin.
He soñado con el llanto.
Amanezco jadeante. El jadeo me despierta.
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La pintura es de Matta, se llama El vértigo de Eros


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